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La guionista Meriwether

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Elizabeth Meriwether ha sido dramaturga antes que escritora. Esto no explica su talento para la comedia, pero sí su inteligencia para observar las costumbres con una mirada un poco más inusual de lo habitual. La primera película que Meriwether ha firmado ha sido una comedia romántica llamada ‘Sin Compromiso’ (No Strings Attached, 2011) protagonizada por Natalie Portman y Ashton Kutcher y dirigida por Ivan Reitman. Me ocurre que, como la mayor parte de heterosexuales blancos comprendidos entre los 17 y los 25 años, salgo a veces con chicas y estas chicas, por muy delicadas e inteligentes y sensibles, pueden, en un momento generalmente cansado y escapista de la semana, querer ver una película del comprensiblemente atractivo y encantador y carismático Ashton Kutcher. Hasta tal punto que terminé viendo esta película. Al fin y al cabo la premisa es fascinante: Natalie Portman encarna a una doctora que quiere tener sexo sin compromiso y el personaje de Kutcher asiste a la fiesta patidifuso primero, sentimental después.

Lógicamente, los problemas de la película están en el tercer acto. Es decir: resolver de una manera convencional las razones por las cuales un personaje femenino, inteligente y fuerte no quiere mantener una relación monógama con el personaje de Ashton Kutcher y llegar al punto, consabido y tópico, en el que el chico ha conocido a la chica, la ha perdido y, claro, la ha recuperado. El esquema es sencillo y las protestas en este caso se deben a la escasa lógica del personaje de Portman. Pero hubo ya allí gags que llamaron mi atención, grandes bromas y un interés poco habitual en deslocalizar el centro de la inmadurez de él a ella. Por otra parte, la película me sorprendió en su primer acto.

Lejos de ser dos chicos de satisfactoria clase media que prosperan, la película dibujaba a dos personajes realmente disfuncionales. Kutcher encajaba muy bien en el rol de Adam Franklin, el hijo anulado de una estrella de cine (Kevin Kline) reticente a su edad y con una relación muy confusa con su jefa (Jennifer Irwin, gloriosa). Y Portman encarna a una doctora llamada Emma cuyo primer contacto con Adam es pedir que vayan al funeral de su padre y cuyo encuentro breve, con ambos con otras parejas, me resulta interesantísimo porque retrata la extrañeza con la que dos personas, entre las que pudo haber algo y no hubo nada, pueden reencontarse y verse cambiados y crecidos e incluso finalmente interesantes. Es un momento pequeño de una película que no se satura de clichés, pero tampoco prescinde ellos, y, sin embargo, es un momento agradecido. Como también el encuentro que detonará su relación sexual: Adam es abandonado por su novia y, borracho, se dedica a llamar a todos sus contactos de móvil. Finalmente, despierta desnudo, tras un espectáculo ebrio y lamentable, en el sofá.


Pero ha sido ‘New Girl’ (2010-) la serie en la que los talentos de Meriwether han brillado. Para empezar, ha dado al secundario de su vehículo romántico para Kutcher y Portman un papel de enjundia: Jake Johnson encarna a Nick, lo opuesto a un galán romántico e incluso a un tipo apriorísticamente aceptable. Mientras que el peso de la serie recae sobre una encantadora Zooey Deschanel, el gran descubrimiento de sus episodios, además de un endiablado ritmo narrativo capaz de contar tres actos en veinte minutos y tener tiempo para un encadenado de bromas brillantes, es como Meriwether se confirma como cronista costumbrista de una masculinidad ya sin miedo o sin remedios o sin remilgos para ser abiertamente patética.

Contrasta esta serie con, por ejemplo, la estupenda ‘Mad Men’ (2008-), que digamos que revive un período, los años sesenta, en el que el Macho y su expresión quintaesencial, el traje y la potencia sexual, permanecían indiscutibles. La serie de Weiner es tan brillante que incluso su héroe, Don Draper, termina cuestionado en su cuarta temporada, pero eso es otra historia. El secreto de la serie son sus tres personajes masculinos, además de Nick, tenemos a Schmidt (Adam Greenfield) y Winston (Lamorne Morris), ambos perfectos ejemplos de como las actitudes presuntamente viriles traen más de un problema (social, psicológico) notable.

Hay un episodio desternillante en el que Winston es incapaz de descifrar las referencias a la cultura pop de su jefa, porque ha pasado todo su tiempo jugando a baloncesto en Europa del Este, y se dedica a estudiar detenidamente todo lo que ha ocurrido en el mundo reciente. En otro, Schmidt tiene problemas con su jefa porque le obliga a vestirse de Santa Claus sexy y en otro compite con una comapñera con el ascenso para ver quien es más divertido y fiestero. Lo sorprendente de Meriwether y de su equipo de guionistas es el escaso interés en dibujar personajes respetables y que resulten simpáticos más allá del personaje de Deschanel, tal vez alter ego de la propia Meriwether y si no fuera por el registro interpretativo de la actriz, es muy posible que resultara una neurótica insoportable. Es admirable, pues, que se empiece a escribir una comedia llena de flato, llena de miseria y llena fracasos y cambios, también desde una perspectiva femenina, más allá del registro importante fundado por Judd Appatow. La historia sentimental del siglo XXI no es otra cosa que la revelación de estos elementos, antes convenientemente disfrazados.

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