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Recuerdo

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No hay nada más meloso, ni tampoco más habitual, entre la cinefilia que la de unir la memoria más o menos personal al recuerdo de la película que formó parte y hacer de ese recuerdo, lo suficientemente inconcreto o vago como para que sea también el recuerdo de otra persona, algo que comparten muchos espectadores.

No deja de ser un fenómeno extraño dado que se manifiesta ahora no ya en ancianos que han visto pasar sus juventudes a las enciclopedias y a las síntesis y a los volúmenes de un pasado que puede ser reproducido y emulado, sino en jóvenes, de trenta años o incluso más, a modo de ser precoces hasta en la nostalgia. Confieso que me interesan muchísimo los pilares que sostienen la unión de cine y memoria colectiva y voy a empezar por la del recuerdo, previsiblemente sentimental, de la película. Se recuerda todo, y con cierta generosidad, empezando por aquellos actores de moda, los entusiasmos que ocasionaron en prensa ciertos nombres de cineastas y los cines en los que se vieron, que suelen encapsular, a su manera, una ciudad y alguno de sus momentos.

El recuerdo sentimental sirve a veces de manera natural para nublar el juicio que tuvimos sobre una película. Vienen con esa misma película las añoranzas de tiempos más irresponsables o más idiotas, felizmente idiotas, y no es extraño, ni tampoco demasiado difícil, terminar añorándonos a nosotros o a lo que fue alguna vez posible en nosotros y dejar de lado a la película, sea un Indiana Jones inventado por Steven Spielberg o hasta alguna cinta de los años noventa de menor enjundia, por citar solamente dos ejemplos recientes.

Así pues resulta, en principio, razonable y hasta muy responsable que el crítico no se vincule a la memoria sentimental y ofrezca una reflexión más o menos intelectual de la película, puesto que se podría terminar escribiendo una historia que apelara más a sentimientos más o menos vagos que a una cierta capacidad para el entendimiento y la discusión.

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Pero, no obstante, esta norma ha sido desafiada por un crítico que no ha pecado, precisamente, de estar nublado en su juicio, ni de tramar ocultamientos cuando se postula como defensor de una película que considera válida. Hablo de un crítico ya mayor, tal vez el más importante que hemos tenido en nuestros tiempos, el estadounidense Jonathan Rosenbaum (1943) de quien he observado una tendencia, más o menos sorprendente, a recordar, muchas veces incluso dentro de la propia crítica de la película.

El sistema de Rosenbaum no debe llevar al engaño, debo advertir. Por una parte, es un crítico inusual es un país, en su condición de exiliado voluntario dado que vivió muchos años en París y trabajó parcialmente a las órdenes del tardío Jacques Tati. Estuvo asociado, pues, a una ciudad efervescente, definida por sus propias supersticiones aunque también por sus aciertos. Pero tampoco es que limite Rosenbaum a recordar su estancia en París sino que también recuerda la universidad y sus primeros atrevimientos teóricos y estudiosos, la casa en la que creció o su condición de sureño de los Estados Unidos, con una comprensión bien particular de la experiecia de ser ciudadano de su país.

No me parece tampoco una mala idea recordar, siempre y cuando sea con la honestidad de Rosenbaum, la que no busca engañar al lector acerca del momento específico en el que apreció y defendió ciertas películas o subestimó otras, haciendo hincapie en su lugar. Bien mirado, esa es una buena manera de escribir y, por lot anto, de estar en el mundo: ofreciendo al lector, sin grandes alardes, un puñado de recuerdos para que entiendan las limitaciones y privilegios de esos recuerdos, es decir, de esos sitios y momentos en los que se escribió. Hete aquí la principal diferencia con la más fácil y simple de las nostalgias: una busca eliminar de tal ecuación la diferencia en pos de una igualdad que nunca es tal, y la otra alcanza la ansiada igualdad con la sincera evocación de todo cuanto fue distinto.

No es que no comprenda yo los hechizos del recuerdo, ni tampoco su costumbre ocasional. Como en aquella vieja canción de Bob Dylan que tantas tardes cantamos, hemos visto al amor / irse por la puerta / nunca antes estuvo tan cerca / nunca fue tan fácil ni tan lento. Así muchas veces somos espectadores de lo irrecuperable y de lo expansivo, así caben muchas películas cuyo recuerdo no será más que una manera de irlas olvidando y otras que, escogidas para sobrevivir a nuestras propias paradojas y circunstancias, siempre nuevas aunque sean acaso similares a las de antaño, nos habrán recordado la feliz y sencilla lentitud con la que las vimos por vez primera.

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