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'Epic: El mundo secreto', los diminutos

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Estoy convencido de que prácticamente nadie mencionaría a Blue Sky a la hora de destacar a los mejores estudios de animación de los últimos años. No obstante, en su haber figura la franquicia Ice Age, una de las más rentables y conocidas por el gran público, pero la cosa cambia si tenemos que valorar tanto sus —escasos— valores artísticos como el —poco estimulante— acabado de su animación. Además, con la relativa excepción de ‘Rio’ (id, Carlos Saldanha, 2011), el resto de títulos estrenados fuera de dicha saga están hoy bastante olvidados, y no me extrañaría lo más mínimo que ‘Epic: El mundo secreto’ (‘Epic’, Chris Wedge, 2013) tuviera la misma suerte.

Recuerdo que mi reacción cuando se lanzó el primer tráiler de ‘Epic: El mundo secreto’ fue de sorpresa ante la notable mejora de la animación respecto a otros títulos de Blue Sky, una película que no estuvo muy lejos de llevar el sello Pixar. Sin embargo, los ejecutivos de Fox, que tenían bajo contrato a Chris Wedge por aquel entonces, se echaron para atrás en el último momento. Nunca sabremos cómo hubiera sido la película de haber contado con el apoyo de Pixar, pero lo que sí es seguro es que lo que este viernes se estrena en España es un agradable pasatiempo estándar en el que no hay nada especialmente molesto o estimulante, lo que ya es más que suficiente para superar con creces a ‘Aviones’ (‘Planes’, Klay Hall, 2013).

El mundo secreto de Epic

Imagen de

Hay que reconocer que en Blue Sky han echado el resto en ‘Epic: El mundo secreto’ para atajar las merecidas críticas hacia su trabajo de animación, especialmente en su saga estrella, donde, lamentablemente, iban a tener éxito casi hiciesen lo que hiciesen. El problema en esta ocasión ha sido que los diseños de la mayoría de los personajes no son particularmente atrayentes a la vista, un error más extendido de lo deseado –era una de las grandes pegas de la notable ‘El origen de los guardianes’ (‘Rise of the Guardians’, Peter Ramsey, 2012)- que dificulta la conexión emocional del espectador con lo que ve en pantalla.

Puede sonar lo anterior como una afirmación un tanto superficial, y en algunos casos lo sería, pero ‘Epic: El mundo secreto’ echa mano en multitud de ocasiones de la espectacularidad visual, algo que choca de frente con unos diseños de personajes demasiado estándar, tanto visualmente como, por desgracia, en lo referente a sus motivaciones. Y es que en el guión encontramos hasta cinco personas que metieron mano de forma reconocida –vamos, que seguramente fuesen en el doble o más- y eso lo que suele conseguir es que todo posible chispazo de brillantez se anule en aras de un tono uniforme más rutinario, en el cual hay una clara predisposición hacia los tópicos —la relación entre padre e hija, el hombre hoja rebelde que acepta su destino cuando el peligro acecha, el villano pudiendo ganar con tranquilidad pero aspirando a más de la cuenta, etc.— y un escaso interés en que el despliegue visual encuentre un necesario soporte por aquí.

Me llama la atención que el tema de las muertes vaya más allá de lo necesario para desencadenar la acción, ya que aquí los personajes no se limitan a hacer mucha pupa —me sigue encantando ese gag de la ya olvidada ‘George de la jungla’ (‘George of the Jungle’, Sam Weisman, 1997)—, sino que incluso hay ocasión para ensañamientos enmascarados como llevadera intrascendencia. Por desgracia, la oscuridad del villano, que, eso sí, gana mucho con la voz en versión original de Christoph Waltz, está demasiado diluida, quedándose así muy lejos de poder convertirse en un malvado para el recuerdo. Con todo, seguramente sea el personaje más jugoso de todos, ya que los héroes son demasiado descafeinados y los alivios cómicos únicamente funcionan en momentos puntuales.

De menos a más

El villano de

Me molesta mucho cuando una película empieza con fuerza y luego va perdiendo interés de forma progresiva hasta que todo desemboca en un desenlace en el que ya me importa bien poco lo que suceda, lo cual no es obstáculo para llevarme los pelos a la cabeza si me dejan con la sensación de pocos menos que haberme timado, que fue lo que me pasó este mismo verano con ‘Ahora me ves…’ (‘Now You See Me’, Louis Leterrier, 2013). En ‘Epic: El mundo secreto’ se cambian las tornas, ya que, dejando de lado pequeños detalles —tanto a favor de lo que sucede con anterioridad como en contra de este tramo—, es en la parte final cuando da lo mejor de sí misma.

La clara predisposición a usar arquetipos para definir a los protagonista no tiene nada de malo de por sí, ya que es una técnica habitual en los blockbusters, pero el cine de animación se encuentra ante una dificultad añadida al optar por esta vía: Pixar nos había acostumbrado a una combinación de impecable acabado visual y contenido de alta calidad que ahora nos parece poco cuando otra cinta de dibujos animados no puede competir en ambas categorías. No obstante, en el cine en imagen real no hay un referente tan claro que, hasta cierto punto, distorsione la realidad, por lo que muchos tendemos a ser más benevolentes cuando no todo raya al mismo alto nivel.

Lo dicho en el párrafo anterior es perfectamente aplicable a ‘Epic: El mundo secreto’, ya que no quiere maravillarnos con una aventura novedosa —por no mencionar lo manido que está su discurso en lo relativo a la protección de la naturaleza y el ciclo de la vida—, sino que apuesta por lugares comunes que han demostrado su —relativa— valía en multitud de ocasiones e ir creando su propio universo. Todo está ya bastante visto, y son pequeñas muestras de ingenio las que consiguen que mantengamos nuestra atención en pantalla. Lo curioso es que, contra todo pronóstico, la inevitable y previsible batalla acaba resultando emocionante gracias al buen trabajo de Chris Wedge en la puesta en escena, ya que demuestra ser capaz de ir manejando la evolución dramática de la historia para que aún siendo nosotros perfectamente conscientes de lo que va a pasar, nos involucremos en la misma.

Una escena de la película

En definitiva, ‘Epic: El mundo secreto’ es un digno entretenimiento para toda la familia, pero únicamente en su último acto consigue ir un poco más allá de sus limitaciones autoimpuestas, ofreciendo así pequeñas dosis de emoción light al espectador. Su buen acabado visual es otro punto a tener en cuenta, pero tampoco lo es tanto como para ser recordado durante más de unos días. Para ver con los más pequeños de la casa sin querer huir de la sala lo antes posible.

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