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Gran Cine de Aventuras: 'El desafío', la supervivencia como poema

Gran Cine de Aventuras: 'El desafío', la supervivencia como poema
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“¿Sabes que puedes hacer fuego con hielo?” – Charles Morse (Anthony Hopkins)

Ahora que estamos en la zona final de este ciclo apasionado, pues además de ésta solamente escribiré acerca de dos películas de aventuras más, hablaremos sobre una cinta excelente que tampoco tuvo el reconocimiento que, creo, merece, y que ahonda con descarnada lucidez y elegante sobriedad en uno de los dos o tres temas esenciales del cine de aventuras: la supervivencia al límite como marco de las pulsiones humanas más verdaderas e imperecederas, esas que nos despojan de toda la hojarasca social y de toda la hipocresía del mundo civilizado, y nos desenmascaran tal como realmente somos, en lo bueno y en lo malo, pues no hay cabida para moralidades de ninguna clase. Se trata de ‘El desafío’ (Lee Tamahori, 1997), pobre traslación al español del mucho más estimulante ‘The Edge’ (aunque también se barajó el sugerente ‘Bookworm’, que se traduciría como ‘Rata de biblioteca’), un filme apasionante que es mucho más de lo que en un principio parece, ya que bajo su vertiginosa narrativa late una despiadada, aunque compasiva concepción del mundo, de la naturaleza salvaje y del hombre que ya quisieran muchos otros.

El neozelandés Lee Tamahori, oriundo de Wellington, saltó a la fama de forma muy justa gracias a su debut, el formidable drama existencial ‘Guerreros de antaño’ (‘Once Were Warriors’, 1994), y aunque su carrera posterior ha dado bastante menos de lo que hubiera sido esperable, y en la actualidad no da indicios de que vaya a recuperar el pulso demostrado en los años noventa, con ‘El desafío’ filmó la que probablemente sea su obra más serena y más redonda, narrando a lo grande, como un cineasta superdotado pero sin el anhelo de demostrar nada a nadie, ni de proponer otra cosa que una ficción a ras del suelo, a la altura de la mirada humana, que es, creo, una de las características de un director de raza. Pone en imágenes un guión superlativo del dramaturgo, guionista, director y ensayista David Mamet, una de las figuras más destacadas de la literatura y el teatro norteamericano de las últimas décadas, al que han destrozado magníficos guiones algunos de los directores (otros guiones suyos, me temo, no están a la altura de su gran talento), pero que aquí ve exprimido al máximo su libreto, con respeto máximo por su escritura, y con un gran sentido de lo audiovisual como experiencia sensorial, intelectual, de nuestro tiempo.

Filmada en grandiosas localizaciones naturales de Alberta, Canadá, ya desde el mismo comienzo la naturaleza salvaje se anuncia como un elemento sobrecogedor tanto por su belleza como por su amenaza, y es que no solamente va a ser un entorno impresionante, también se va a erigir en expresión visual del combate, por la vida y entre sí, de sus dos caracteres protagonistas. Charles Morse, un hombre de mediana edad que ya se asoma a la vejez, dueño de una inmensa fortuna y marido de una supermodelo, sabe que su mujer tiene un amante en el fotógrafo Robert Green, con quien viaja hacia remotas y peligrosas zonas de las montañas después de su fiesta de cumpleaños, acompañados del asistente Stephen, sabiendo perfectamente que ese fotógrafo pretende matarle, para quedarse con su esposa y su fortuna. Por supuesto, el avión se estrellará (por cierto, qué bien filmada está esa secuencia) y comenzará una vibrante aventura en la que conoceremos, como en tantas grandes películas de aventuras, la dureza de la vida en un ambiente helado y tan exigente como ese, mientras ambos hombres desarrollan una retorcida amistad basada en el odio y en cierto respeto mutuo, que estallará en un clímax inesperado e impredecible, que diluirá finalmente cualquier norma social o prejuicio, cuando la muerte acude con retraso, pero implacable, a la cita.

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Dos magníficos personajes y actores

Sería reduccionista decir que Charles representa lo bueno del hombre, lo luminoso, y Robert lo malo, lo tenebroso. El primero es un buen hombre que ha llegado a obtener cierta sabiduría, sobre todo acerca de su pasión por la cultura y el mundo natural (del que sólo tiene, en un principio, “conocimientos teóricos”), y el segundo es un arribista, un ambicioso hombre, también un luchador, mucho más joven que él que, en el fondo, admira a su adversario y le gustaría ser como él. De alguna misteriosa manera, el relato de aventuras, la peripecia, parece como convocada por un capricho del destino para que ambos caracteres se midan por fin, y a partir de ahí pueda desarrollarse un discurso existencialista, casi trágico, y con el que podemos indentificarnos plenamente, reducidos a monigotes frente a la vastedad de una naturaleza que no conoce el perdón a las criaturas frágiles. Creo que Alec Baldwin, un actor que sin duda ha ganado con los años, clava su personaje de intrigante y le da una verdad enorme. Baldwin es muy inteligente aquí y procura lucirse en un segundo plano, esperando siempre su oportunidad frente a la imponente presencia de Hopkins, y consciente de que posee menos recursos que él.

Porque Anthony Hopkins, uno de esos intérpretes excepcionales surgidos de Reino Unido y que capturan la atención de la cámara con un leve gesto, una mirada o una palabra, es el perfecto Charles Morse. Te lo crees hasta el final como ese millonario enamorado que sabe que le van a traicionar y que ahora se verá obligado a poner en práctica sus conocimientos teóricos sobre la vida salvaje. Hay algo siempre melancólico y tremendamente humano en este actor, que hace que no quieras despegar los ojos de él y comprendas todos sus actos hasta el final. Mamet le entrega el alma de la historia y Tamahori la cámara, narrando con un ritmo que no desfallece en ningún momento, con un suspense muy bien armado y con varias secuencias en el paroxismo de lo vibrante, por lo que desde el principio hasta el final es imposible aburrirse con esta película. Por si esto fuera poco, la dirección de fotografía de Donald McAlpine (un operador que ya nos deleitó con un salvaje entorno natural en ‘Depredador’ (‘Predator’, John McTiernan, 1987) y que en los últimos tiempos se prodiga poco) se aleja de un tratamiento preciosista de montañas, bosques y lagos espectaculares, y en su trabajo rige la contención y el rigor en todo momento. Para finalizar, la música del añorado Jerry Goldsmith, en una de sus últimas composiciones, aunque convencional comparada con algunas de sus joyas, imprime un dinamismo y una épica incontestables.

Conclusión

Notable película de aventuras, sin duda, con la que sientes en tu propia piel la fragilidad de la vida en lo salvaje, pero también la voluntad de supervivencia de cualquier hombre, independientemente de sus conocimientos, su riqueza o su generosidad, por lo que les iguala a todos ellos. Se ve con vértigo, pero no se olvida rapidamente. Al contrario, su profunda verdad queda en la memoria del espectador. Y para la próxima (penúltima) entrega de este ciclo, una muy diferente, tanto en temática como en nacionalidad, estética y técnica.

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Ciclo Gran Cine de Aventuras

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