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'Origen', brillante arquitectura sin alma

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Sé cómo encontrar los secretos en tu mente, me sé todos los trucos…

- Cobb (Leonardo DiCaprio)

Desde que Christopher Nolan presentó ‘Memento’ (id. 2000), uno de los thrillers más sorprendentes y arriesgados de la pasada década (basado en el relato escrito por su hermano Jonathan Nolan), este realizador, nacido en Londres hace cuarenta años, ha sabido ganarse un lugar de privilegio entre los cineastas más respetados y respaldados de la industria norteamericana. Diez años después de aquella presenta el que probablemente sea su filme más ambicioso y complejo hasta la fecha, un carísimo juguete con el que intenta confirmarse como un gran creador cinematográfico, y al mismo tiempo como un infalible fabricador de taquillazos. Precedida de una excelente acogida de público y crítica en Estados Unidos, pareciera que ha logrado su objetivo. Sin embargo, para el autor de estas líneas, Nolan ha firmado una película irregular, gélida, muy por debajo de los magníficos resultados de ‘El caballero oscuro’.

Thriller de altas dosis de surrealismo visual, más cercano (mucho más) al fantástico que a la sci-fi, ‘Origen’ propone una aventura visual, sonora y temática en teoría alucinante y alucinadora, con un presupuesto mastodóntico y una ambición desmesurada. Cuenta la peripecia supuestamente radical, pero finalmente superficial, de unos personajes expertos en entrar en los sueños de sus víctimas con el objetivo de robarles información, o en un caso extremo inocularles una idea. Dispositivo narrativo que le sirve a Nolan como excusa perfecta para indagar en algunos de sus temas predilectos, mientras no pierde de vista la necesidad de ofrecer espectáculo a sus incondicionales. Desgraciadamente, una vez más (tras las irregulares y poco interesantes ‘Insomnia’ y ‘The Prestige’), Nolan se muestra errático y muy poco autoexigente fuera de su excelente díptico del hombre murciélago.

El punto de partida de la película, su inspiración inicial, resulta tremendamente prometedor. Nolan, al menos, intenta siempre sorprender al espectador más avezado con una originalidad no exenta de ingenio. Ahora bien, la diferencia entre lo que busca y lo que encuentra, puede ser más acusada que nunca en su filmografía. Es sorprendente, al menos para el autor de estas líneas, leer afirmaciones tales como que Nolan ha inventado un nuevo género, o como que es el director más innovador del Hollywood actual. Personalmente, estoy convencido de que esta película será olvidada muy pronto. Está filmada con la brillantez esperable de un grandísimo profesional con tanta experiencia y éxito a sus espaldas, pero en ningún momento alcanza siquiera una pequeña porción de sus enormes pretensiones. ‘Origen’ queda a medio camino de todo. Ni rastro de la contenida y memorable emoción de ‘Batman Begins’ (id., 2005) o de la contundente fascinación por el mal de ‘El caballero oscuro’ (id., 2008).

La mente como campo de batalla

El principal problema que encuentro para que ‘Origen’ sea realmente la importante película que quiere ser, es que las reglas y normas internas de este relato de fantasía son endebles y están mal elaboradas. Nolan confunde la mente con el subconsciente, o lo racional con la inasible materia de los sueños. Hubiera sido realmente fabuloso que estableciera mejor los límites y el camino a seguir. Es como si el director no entendiese su propia idea. Durante el primer tercio, se establecen una serie de presupuestos filosóficos, morales y abstractos muy interesantes que en el segundo y último tercio tendrían que haber conocido una resolución. Sin embargo, el relato se va diluyendo a medida que avanza, más preocupado en extasiarnos con escenarios grandilocuentes que en llegar a conclusiones y a un climax emocional que jamás tiene lugar. Su narrativa es opaca, carece de profundidad psicológica y de vuelo estético.

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Es sorprendente, y decepcionante, que de todos los personajes sólo Cobb (DiCaprio) posea una motivación y un objetivo definidos, y que aún esa motivación resulte tan anodina y mil veces vista. El resto de personajes son fantasmas en la pantalla, seres intercambiables entre sí, que interactúan sin la menor fuerza dramática, y que participan en la aventura, en muchos casos, sin establecer una verdadera relación con ella ni con otros personajes, como si se tratase de un videojuego. Sorprendente viniendo de un director que en ‘Batman Begins’ hizo maravillas en la elaboración de personajes episódicos, y decepcionante porque este realizador ha mejorado muchísimo en la complicada disciplina de la dirección de actores. Pero ahora Nolan centra su atención, exclusivamente, en crear formas oníricas de gran pegada fotográfica, aunque inexistente dinamismo dramático. Se torna por tanto predecible en su desarrollo y estática en el retrato interior de sus personajes.

Leonardo DiCaprio lleva a cabo uno de sus trabajos más contenidos y carentes de todo divismo. Se agradece. También olvida por una vez su absurda manía de imitar a Robert DeNiro. Su personaje tiene paralelismos con el que interpretara para Scorsese en ‘Shutter Island’, pero aquí disfruta de más matices, no recurre a la sobreactuación y se le ve sobrio en todo momento. Sin embargo, con esto no basta. Su Cobb es un personaje de poco interés, salvo por el curioso trabajo que desempeña. Sus compañeros de reparto lo tienen mucho peor, pues no tienen personaje que interpretar: hablamos de gente del talento de Michael Caine, Ellen Page, Ken Watanabe, Cillian Murphy, Tom Berenger, Marion Cotillard, Lukas Haas, Joseph Gordon-Levitt... Un despilfarro de talento para un guión tan enfático como endeble.

Porque el guión que esta vez Nolan firma en solitario está muy por debajo de su habilidad como realizador. Las costuras, los flecos de su historia, son más evidentes y flagrantes que nunca, pero su capacidad de arrastre audiovisual es inmensa. Aceptamos lo que nos cuenta a regañadientes, sin embargo su técnica es irreprochable. Las escenas están unidas con alfileres y el conjunto se niega a tenerse en pie, pero nadie puede negarle a este cineasta su arrolladora pericia y astucia. Su pasión por la arquitectura es evidente, como tambiés es evidente, al menos para quien esto firma, que está más cerca de la eficacia gélida de un Bryan Singer, que de la pasión y el riesgo de otros compañeros de generación como Paul Thomas Anderson o James Gray. Nolan es un director demasiado cerebral para expresar la compleja anarquía y locura de lo onírico, algo reservado a los poetas más genuinos de cada época.

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