'La Silla' bebe de 'El juego de Gerald' y pretende ser un Stephen King a la española. Pero tener referentes no es lo mismo que saber imitarlos

'La Silla' bebe de 'El juego de Gerald' y pretende ser un Stephen King a la española. Pero tener referentes no es lo mismo que saber imitarlos

Jaime Lorente está atado a una silla e intentando sobrevivir en una película a la que le sobran personajes y le falta intriga

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Silla
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Randy Meeks

Editor

La primera vez que leí a Stephen King tenía 13 años, y 'It', de alguna manera, cayó en mis manos. Como es normal en todos los adolescentes que descubren a King, me obsesioné muy rápido: leí todas sus novelas, devoré sus relatos cortos, empecé a escribir como él. El maestro del terror fue absolutamente pivotal en mi vida, como en la de tantísimas personas como, sin duda, Ángel de la Cruz, el director de 'La silla', que le ha realizado un homenaje excesivo mezclado con pura idolatría en una película tan corta como, siendo sincero, intrascendente.

¡Blip, blip!

Para disfrutar de 'La silla', una especie de versión hispana de 'El juego de Gerald' (aunque sin el componente sexual), uno tiene que rendirse a las continuas, despiadadas y arriesgadas volteretas triples que el guion da cada pocos minutos y que, simplemente, no aguantan en pie. Si la gracia de la novela de King era que una mujer no podía soltarse y tenía que lidiar con sus demonios internos, aquí Jaime Lorente ve cómo, en un día donde permanece atado a una silla sin poder hablar, pasan por su casa vecinos, amantes, familia, repartidores de Amazon y hasta madres en busca de venganza. El camarote de los Marx, vaya.

'La silla', en el poco tiempo que dura (apenas hora y cuarto), tiene una trama sobrepoblada, con muchos hilos de los que tirar con los que apenas hace nada. La intentona de crear angustia es muy válida visualmente, pero el guion se pone tantas trampas a sí mismo que es imposible pasar por alto su torpeza y sus continuos deus ex machina que llevan a un final que rompe por completo cualquier pacto con la audiencia y entra de lleno en el terreno del bochorno. Definitivamente, esta dirección merecía un mejor guion.

Porque, en sí, la película tiene cierto talento tras la cámara. De La Cruz juega de manera inteligente con el poco espacio que tiene, moviendo la silla de acá para allá a trompicones y regalando algunos planos escatológicos y grotescos de lo más llamativo. No pasará a la historia del género, pero al menos se permite incluso el lujo de un travelling inicial acompasado y coreografiado a la perfección que hace prometer virguerías que nunca llegarán. Ojalá lo hicieran, porque la película lo necesita con urgencia.

El juego de las sillas

La película deja claro en todo momento sus referentes de manera explícita, mostrando libros sobre Alfred Hitchcock o un contestador automático que perteneció a Stephen King y en el que nuestro protagonista ha grabado "Todos flotan aquí abajo, tú también flotarás... ¡Después de dejar tu mensaje! ¡Blip, blip!". No recuerdo la frase por ser un guiño especialmente brillante, sino porque se repite una decena de veces en apenas una hora. Al final, subrayar las referencias no te convierte en digno heredero de las mismas, y no hay mejor prueba que esta.

'La silla' es, honestamente, una experiencia frustrante en la que todos sus integrantes parecen obsesionados porque pasen cosas en todo momento, aunque no lleven a ningún sitio... pero, al mismo tiempo, dan rodeos constantes para evitar las soluciones que todos pensaríamos en primer lugar si estuviéramos atados a una silla. ¿Cómo es posible que solo después de un día y medio el protagonista se acuerde de que tiene un cúter abierto en la mesa? ¿Cómo puede ser que, si todo se soluciona pudiendo hablar, no haga todo lo posible por quitarse la mordaza hasta que ya es demasiado tarde? La tensión no logra nunca llegar a nosotros porque no hay soluciones lógicas: solo preguntas abiertas y excusas para avanzar la trama.

Se aprecia y aplaude la intención, pero 'La silla' se queda a medio gas, sin poder levantar la cabeza después de un inicio potente, y estancándose en un segundo acto repleto de visitas que tocan el timbre, esperan y se van. No dudo que en la novela original todo estuviera mejor contado, pero en pantalla este vaivén continuo llega a insinuar el ridículo, sin nada concreto de lo que hablar o sobre lo que reflexionar. Se roza un discurso sobre el ego, el peligro de las redes, la influencia de la ficción, la paternidad o la traición, pero no puede evitar embarrarse en su propia idea. En su propia ambición de ser Stephen King a la española.

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