‘Vicious Fun’: una sangrienta sátira del cine de terror que trata de ser divertida con más ganas que chispa
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‘Vicious Fun’: una sangrienta sátira del cine de terror que trata de ser divertida con más ganas que chispa

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Se ha estrenado en Movistar+ 'Vicious Fun', una modesta comedia de terror sobre un un crítico de cine de terror que acaba en una especie de reunión de 'asesinos en serie anónimos' que convierte un día de su protagonista en un slasher lleno de luz de neones, música electrónica, y humor negro regad de litros de sangre.

Los festivales de cine de género son lugares de encuentro, celebración y conexión con fans del mismo tipo de cine, y a veces, las proyecciones son lugares en donde da un poco igual la película que pase por delante mientras tenga suficiente sangre, gags e inclinación hacia la diversión. Los pases de madrugada tienen hueco para grandes comedias de terror como ‘Tucker & Dale contra el mal’ (Tucker & Dale vs Evil, 2010) y para intentos como ‘Vicious Fun’.

Humor derivativo y endogámico

En ambas películas el público reaccionará con risas y gritos, pero en casa es otra cosa y los productos que están deliberadamente preparados para hacer reaccionar a una sala pueden tener un efecto contraproducente cuando las intenciones quedan demasiado a la vista. ‘Vicious Fun’ se apoya sobre uno de los peores tropos posibles en una comedia de terror, poniendo como protagonista absoluto a un experto en películas de miedo de los 80 enamorado de su compañera que acaba involucrado con un grupo de asesinos en serie.

Está ambientada en 1983 pero no lo parece demasiado, y tan solo queda como una excusa para usar música de sintetizador al estilo Carpenter y plagar la pantalla de luces de neón, una estética vaporwave pasadísima de fecha que parece ir cubriendo un checklist de todo lo que se supone que debe cumplimentar para ser un artefacto homenaje al cine de esa época. Desde la presentación de Joel, una entrevista no demasiado divertida ni auténtica, nos encontramos a un personaje antipático que parece una burla de los amantes del slasher.

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Quiere repetir los clichés de las películas de terror verbalizando a través de Joel, y supuestamente ridiculizándolos, pero en cuanto la película se transforma en una sucesión de asesinatos en medio de una persecución no tarda en ofrecer todo lo que ha tratado de deconstruir, con una mezcla de humor y sangre que no acaba de encontrar un equilibrio adecuado, siendo funcional en su gore desenfrenado pero fracasando de forma alarmante en la comedia.

Pasarse de listo

Hay señales para aterrizaje de aviones para avisarnos cuando llega un chiste, y las reacciones de sus propios personajes están completamente fuera de lugar, como si el guion de James Villeneuve no tuviera las indicaciones suficientes para el director Cody Calahan que no es capaz de sacar brillo a la idea, a priori graciosa, de que un grupo de asesinos en serie tengan sus propias reuniones de autoayuda para compartir experiencias, consejos sobre cómo limpiar después de sus asesinatos y, en general, mejorar como maníacos homicidas.

En el último tercio pesa el doble la estupidez sobre el ingenio, pasamos de un intento desesperado por hacer una lectura "incisiva" de los resortes del género a un humor físico ramplón con varios gags sin efecto, y mientras llueven sangres y efectos especiales que nos dan ya igual si están bien hechos o no. A las puertas de una nueva ‘Scream’, conviene repasar la original de Wes Craven 25 años después, para ver que no hemos conseguido avanzar demasiado en sátiras del género.

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No hay nada peor que buscar una verbena y quedarse a las puertas. ‘Vicious Fun’ parece desesperada en hacer algo realmente divertido, pero lo gracioso nunca llega a caer de pie del todo. Puedes matar a un villano con un intestino humano, pero el enfoque de dibujos animados necesita mejorar la improvisación, su edición tosca, y el exceso de verborrea del protagonista para mantenerse firme. Tampoco hay una gran necesidad de que una película intrascendente de terror y comedia sea algo más que lo que es, pero ejemplos como este muestran lo difícil que es llegar a mezclarlos sin caer en la trampa de subestimar ambos géneros. Y a su público.

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