Con el estreno de '28 años después: El templo de los huesos' se amplía uno de los universos más singulares del cine de terror moderno, una saga que desde sus inicios ha usado el apocalipsis zombi como laboratorio para experimentar con la violencia, la política y el miedo contemporáneo. Esta nueva entrega no busca repetir la fórmula ni competir directamente con las películas anteriores, sino que se mueve hacia un territorio más extraño, fragmentado y radical.
Ambientada en un mundo que ya no intenta salvarse, la película se apoya más en la atmósfera, la espera y la incomodidad que en la acumulación constante de acción, apostando por una estructura irregular que alterna largos momentos de impasse con estallidos de brutalidad extrema.
Violencia, exceso y terror llevados al límite
Una de las ideas clave que atraviesan la película es la manera en la que el cine de terror contemporáneo parece empujar cada vez más los límites de la violencia. Como señala Alejandro G. Calvo en 'La crítica de Álex' "parece que extremar la violencia es una de las rutas que está cogiendo el cine de terror", una vía que '28 años después' abraza sin complejos. "Los momentos de acción violenta son tan bestias que te dejan aturdido lo suficiente como para que pase media hora de película en la que no ocurre nada", creando una experiencia irregular pero profundamente inquietante.
El cambio de directora marca otro punto esencial del filme. Frente al estilo hiperbarroco de Danny Boyle, Nia DaCosta opta por no competir con su predecesor. "Si vas a tratar de imitar el estilo de Danny Boyle, vas a fracasar, es ridículo", afirma Calvo con claridad. En lugar de eso, la película adopta una puesta en escena funcional, sin una firma autoral marcada, pero eficaz a la hora de sostener las ideas extremas: "La película funciona visualmente sin ningún tipo de problema y lo que es más importante, es capaz de seguir todas aquellas locuras en mayúscula que ha escrito Alex Garland en el guión".
Ese guion es, precisamente, el motor del delirio. Según Calvo, "Alex Garland en el guion se lo ha pasado muy bien escribiendo The Bone Temple", y eso culmina en una secuencia concreta que define toda la película. "Yo creo que la razón de ser de esta película es la secuencia The Number of the Beast", un momento tan exagerado y radical que puede resultar fascinante o completamente desconcertante.
Más allá del exceso, la película también plantea una tensión ideológica entre ciencia y religión, heredera directa del cine de zombis clásico. "Se estudia si los infectados son fruto de un patógeno y por lo tanto eso se puede curar. Ciencia. Ciencia. De religión, que es satánica". Esta dualidad conecta con las películas de George A. Romero y con ideas como la posible humanización del monstruo, aunque aquí quedan eclipsadas por lo que la película hace mejor: entregarse al descalabre. "A mí no me parecen ni de largo lo más interesante, en comparación cuando llega el descalabre loco bruto", dice Calvo.
Al final, 'El templo de los huesos' es una secuela que sorprende, incomoda y se sostiene por unas pocas secuencias de impacto brutal que la convierten en una experiencia difícil de olvidar.
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