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'Rosemary's Baby' sin (agradables) sorpresas

'Rosemary's Baby' sin (agradables) sorpresas
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Adaptar un bestseller de la literatura, que logró poner los pelos de punta a una todavía muy impresionable sociedad de los 60 es muy complicado. Si resulta que la pieza ya fue adaptada a la gran pantalla, para traernos una de las mejores películas de todo los tiempos, la cosa se va poniendo peor. Aunque, piensa el espectador optimista, tal vez lo consigan, encontrar nuevos matices, trabajar de otra manera los giros... y esa miniserie de dos capítulos de 'Rosemary's Baby' que ha rodado NBC se convierta en un buen producto.

También hay otro tipo de espectador, claro. El que no ha leído la novela o no ha visto la película. Tal vez entonces se pueda sentir atraído por una historia que evoluciona de manera correcta, que tiene sus momentos de belleza, de ternura, de misterio, de duda... y que avanza hacia un final en el que el amor de madre triunfa. Pero si conoces los referentes, ya sabéis... las comparaciones son odiosas.

Me gusta como la historia trata, sobre todo al principio, de separarse un tanto de los hechos que cuentan la novela y la película. Nos trasladamos a París, donde es más fácil que la joven Rosemary Woodhouse se sienta sola y perdida. La ciudad europea parece emanar una magia especial que la hace perfecta para este tipo de tramas. La Quimera, el edificio en el que Rosemary y Guy viven, es otra buena diferencia, así como el oficio de escritor de Guy o la presencia de Julie y las clases de cocina.

Poca sutileza

Pero, poco a poco, uno se siente cruelmente impelido a hacer esas comparaciones que antes mencionábamos. La historia es la misma, y, sin embargo, está contada sin la gracia y la sicología que la película logró. Puede que contribuya a ello el hecho de que los sucesos no son nada sutiles e incluso pecan de burdos en algunos momentos. Las apariciones de "Satanás" no tienen mucho sentido y las dudas de Guy, en un intento ¿de no parecer tan malvado, a estas alturas? estorban.

rosemary

En este sentido, una de las cosas que más me patina es la figura de los vecinos, que han pasado de ser estrambóticos y curiosos personajes a manifestarse como petulantes presencias con miradas de ésas de "sé algo que tú no sabes porque soy taaaaaaaan misterioso", que usan frases inacabadas y efectistas todo el tiempo.

De todas maneras, creo que lo que menos me ha gustado es la pérdida de dos ingredientes esenciales en la historia: el aislamiento que sufre Rosemary, prácticamente obligada a permanecer en su casa, algo que contribuye muy bien a que se vea rodeada sólo por personas en las que no confía; y, sobre todo, el hecho de que el espectador sepa desde muy pronto que los personajes son adoradores de Satán. En la película, teníamos un trabajo de guion increíble, en el que la histeria de Rosemary contribuía a no saber la verdad. Aquí, la única duda y sorpresa es darnos cuenta de que no quieren sacrificar al niño, sino adorarle como buen hijo del demonio que es.

En fin, puede que algunos estén faltos de ideas en los últimos tiempos, y piensen que echar la vista atrás, para recuperar los viejos clásicos, les puede salvar el día, pero coger una historia con tantas posibilidades y convertirla en un telefilme de las 15:30 no creo que sea la mejor solución.

En ¡Vaya Tele! | Cinco películas que Paramount no debería adaptar a la televisión

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