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David Lynch: 'Inland Empire', anticine revolucionario

David Lynch: 'Inland Empire', anticine revolucionario
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“¡Soy una puta! ¿Dónde estoy? ¡Tengo miedo!”

- Nikki Grace (Laura Dern)

Creo que un verdadero artista no se define por su esmero a la hora de complacer a quienes acuden a ver su trabajo, ni siquiera a aquellos devotos que alaben su obra. Se define por su lealtad a sí mismo. En ese sentido, me parece dudoso que haya muchos directores, muchos artistas, a la altura de David Lynch. Las, escasas, excepciones podrían ser las de Zhang Yimou, Roman Polanski, Terrence Malick, Alfonso Cuarón, James Cameron, Michael Haneke, Francis Ford Coppola, Hayao Miyazaki, Wong Kar Wai y muy pocos más, verdaderos guardianes de un oficio que ya, a diez años del inicio del siglo, parece al filo de su extinción. Lynch, en la recta final de su carrera, cuatro años después de su irregular ‘Mulholland Drive’, lleva a cabo una verdadera bomba nuclear cinematográfica, la constatación final de que a Lynch le trae sin cuidado las expectativas, y que sólo sabe ser fiel a su propia personalidad.

Porque con su décimo largometraje, el cineasta de Montana se pasa por el forro conceptos tales como la trama, la progresión dramática, la construcción narrativa, el ritmo externo, la planificación visual convencional, el antaño venerado soporte del celuloide, para adentrarse con más tesón e inspiración que nunca en el fango de lo abstracto y lo onirico que tantos llaman de forma equivocada (a mi entender) experimentación, desacostumbrados como estamos a que las imágenes y los sonidos sean empleados de una forma tan libre y poética. Y Lynch se desenvuelve en ese fango con total naturalidad, marcándose un camino formal y unas reglas internas que jamás abandona, llegando a sus últimas consecuencias en su elaboración del cine más personal e inclasificable que quepa imaginar. Tras diez largometrajes y casi treinta años de carrera, Lynch lo consigue de una forma tan bella como extraña.

Aún así, no comparto la percepción habitual acerca de que esta película signifique un laberíntico galimatías sin el menor sentido, aunque sí es cierto que Lynch, en total complicidad con su montadora y productora (y esposa) Mary Sweeney, no tiene el menor interés en contar su historia del modo en que diez mil directores contaron las suyas antes que él, y no va a dar respuestas fáciles. Eso no quiere decir, necesariamente, que el visionado de ‘Inland Empire’ requiera de un manual de instrucciones ni de que el espectador necesite preguntarse a cada minuto qué simboliza cada cosa, o cuál es el enigma de cada secuencia, en lugar de dejarse llevar por el torrente de fascinación visual que propone este gran cineasta en las casi tres horas de metraje de esta película. La historia de una actriz cuyo papel en una película va haciéndose más real que su propia vida es quizá el poema definitivo de Lynch.

Portentosa Laura Dern

Y esa actriz en peligro no podía ser por otra que la maravillosa Laura Dern, que según las propias palabras del director es: “la mejor actriz con la que he trabajado en mi vida”. La cámara digital de Lynch construye una verdadera declaración de amor al talento y la belleza de esta mujer irrepetible, que está portentosa en un papel dificilísimo y es el verdadero corazón y alma de la película, a pesar de que probablemente su personaje no sea más que una proyección imaginaria de otra mujer, cuyos demonios interiores, cuya inseguridad y cuyos celos, inventan un alter-ego de sí misma, como estrategia para vencer a esos demonios. Otros tendrán otra explicación o teoría acerca de lo que nos quiere contar esta película, pero lo importante, creo, es el extremo placer sensorial que provoca la puesta en escena (el único baremo por el que podemos juzgar una obra, según el gran Jose Luis Guarner, con quien estoy completamente de acuerdo) de esta película, en la que obtenemos el aspecto visual y sonoro más elaborado, y no creo exagerar, de los últimos años.

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Cuando aparecieron ‘Lost Highway’ o ‘Mulholland Drive’, muchos creyeron que eran incomprensibles, pero viéndolas hoy día no lo parecen tanto. Más bien bastante nítidas. Y creo que a poco que se observe ‘Inland Empire’ (cuyo título, por razones que se me escapan, debería ser escrito según su director todo en mayúsculas…) sin prejuicios y sin la intención de buscarle tres pies al gato, la película se revela de una claridad que desmiente el gusto por lo abigarrado, y se lanza de lleno a complementar (y superar) las oquedades de ‘Mulholland Drive’ proponiendo de nuevo el conflicto de una actriz perdida en un magma de imágenes, pero esta vez creada por otro personaje femenino que, como el Fred Madison de ‘Lost Highway’, está acosada por los celos más irracionales, y busca una salida a una existencia patética. Por ello, ‘Inland Empire’ es una obra maestra colosal, que aúna lo más siniestro y lo más luminoso de toda la obra de Lynch, dándole un nuevo sentido físico y espiritual al mismo tiempo, destruyendo cualquier filtro emocional o estético preexistente que pueda llevar el espectador consigo.

Abandonando para siempre el celuloide que antes defendiera a muerte, Lynch se pasa al digital (con una cámara Sony DSR-PD150, una cámara muy ligera y manejable), que para él, según ha dicho, ha resultado todo un hallazgo, pues con esa cámara, y con ese formato, se siente completamente capaz de hacer lo que le venga en gana. Y así lo hizo, en un rodaje que llevó varios años, y en el que iba improvisando según le inspiraba lo que iba filmando, algo a lo que los actores Laura Dern y Justin Theroux se acostumbraron muy pronto, capaces de estar a la altura del desafío que suponía trabajar con un artista tan impredecible y anárquico como Lynch. De hecho, logró que firmaran con un guión que no estaba completo de manera premeditada, pues Lynch no quería saber a dónde iba, sólo quería filmar qué se le ocurría, estrategia suicida para el grueso de cineastas del mundo, pero de la que Lynch sale vivo con maestría.

Lo hace con la ayuda de Dern, que además de guapísima (a sus 39 años) es capaz de regalar una galería de matices inalcanzable para muchas profesionales, y con una imaginación que convierte estas casi tres horas en un abismo que pasa como un suspiro, en el que cada distorsión de la imagen, cada eco sonoro, cada bruma y cada chirrido tiene una intención psicológica y emocional. Los sonidos creados en esta película podrían ser, creo, de los más elaborados y decisivos en varios años de cine. La importancia que Lynch le da al sonido queda establecida, de una vez y para siempre, especialmente en las imágenes del disco girando (auténtico tótem del filme) o en las transiciones que son como sueños dentro de sueños. Lo que sumado a que probablemente sea un ejemplo de cine anticomercial, pone a Lynch varias galaxias por encima de otros directores que emplean los sueños como arma narrativa quedando como meros escenógrafos (y me refiero al Nolan de ‘Origen’, aunque muchos quizá ya lo imaginaban), convierten a ‘Inland Empire’ en cine radical no apto para todas las mentes.

Conclusión a un largo especial

Si Lynch ha dicho que no piensa volver a filmar en celuloide, habrá que creerle, porque no suele hablar en falso. Esto significa que el futuro es tan incierto y resbaladizo como cualquiera de sus películas. Con su siguiente proyecto (cuyas particularidades ya nos contó Juan Luis Caviaro) quizá Lynch hable un poco de sí mismo en primera persona, en lugar de fascinarnos con su galería de luctuosos personajes, pero supongo que nunca sabremos de dónde nacen esas sombras, esos espejos infinitos que conforman su cine. Espejos que han hecho posible el cine más asombroso del último tercio del siglo XX, y parte del cine más importante del XXI, que a saber si nos trae algún cine importante.

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