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Placeres culpables: 'Golpe en la pequeña China' de John Carpenter

Placeres culpables: 'Golpe en la pequeña China' de John Carpenter
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‘Golpe en la pequeña China’ (‘Big Trouble in Little China’, John Carpenter, 1986) entra de lleno en este especial sobre placeres culpables que en mi caso culminará con una entrega más. Y las razones son más que obvias cuando se revisa esta película una y otra vez. Nos encontramos ante uno de los peores trabajos de John Carpenter como director, y probablemente ante el más ambicioso. Tras el relativo fracaso de ‘Starman’ (id, 1984) en la que le cayeron comparaciones con su coetáneo Steven Spielberg, se metió de nuevo a trabajar para un gran estudio —la Fox— que le entregó el mayor presupuesto con el que ha trabajado Carpenter hasta la fecha. Los resultados están lejos de los mejores logros de uno de los cineastas más coherentes que ha dado el cine en la actualidad, a pesar de que el director no se prodiga ahora todo lo que quisiéramos.

‘Golpe en la pequeña China’ se enmarca dentro del grupo de películas más comerciales de Carpenter, compuestas por la floja ‘Christine’ (id, 1983) y la magnífica historia del hombre de las estrellas —para el que suscribe una de las mejores películas de su director—, la primera uno de los mayores éxitos de su autor, y la segunda no tanto a pesar de una muy merecida nominación al Oscar para Jeff Bridges. Con el film protagonizado por su actor fetiche, Kurt Russell, se esperaba romper taquillas, sobre todo por su aproximación al cine del Rey Midas, pero una mala promoción y una mezcla de géneros quizá no demasiado esperada, no motivaron al público de la época. Con el paso del tiempo, y aun viendo que el film no está exento de fallos, éste se ha convertido en una pieza de culto.

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Ni tanto ni tan poco. No sé qué tiene esta película, pero es la única de la filmografía de Carpenter que, siendo más bien mala —y ni me atrevería a utilizar dicho adjetivo, pero a nivel de guión la película no aguanta ni el más mínimo análisis—, uno se lo pasa en grande con las aventuras, o desventuras, de Jack Burton, un héroe venido a menos, que bajo el perfil de Russell adquiere una dimensión única por cuanto hablamos del no héroe por excelencia. De carácter solitario, divertido y bravucón, cual protagonista del eurowestern que se prefiera, Burton suma un elemento más a su personalidad que le hace marcar la diferencia: es idiota. Posee un carisma arrollador pero es un patoso que se salva de los peligros a los que se expone de pura suerte. Su única motivación es el dinero que le debe su amigo Wang (Dennis Dun), con quien se meterá en todo un mundo oculto que parece una locura.

(From here to the end, Spoilers) Locura es precisamente la palabra que mejor viste una película como ésta. A partir del instante en el que la prometida de Wang es raptada por una siniestra organización, y junto a su amigo Jack decide ir a rescatarla, el film presenta a diestro y siniestro elementos y elementos del enorme catálogo del cine de aventuras y fantasía. Magia negra china es el eje sobre el que giran maldiciones, guerreros invencibles, expertos luchadores de artes marciales —capaces de mantener una lucha a espada mientras vuelan, adelantándose en años y años a Ang Lee y su presentación de dichos elementos al mainstream—, monstruos de la más diversa índole, villanos milenarios que quieren dominar el mundo, y mujeres de ojos verdes dispuestas para el sacrifico. Todo ello en menos de hora y tres cuartos, deprisa y corriendo, pero con cierto tono de cómic muy bien marcado, a lo que ayuda sin duda la espectacular dirección artística de John L. Lloyd, probablemente lo mejor de la cinta.

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El film está lleno de incongruencias, sobre todo de tipo argumental, en las que la acción debe continuar sólo porque sí y la suspensión de incredulidad es prácticamente ley, sin ella no vamos a ningún lado. Al son de una banda sonora compuesta por el propio director con la ayuda de Alan Howarth, acompañamos a Burton y sus amigos en una aventura que posee ecos del western —de hecho, el guión se escribió pensando en dicho género—, llena de personajes de lo más variopointo, cayendo todos endiabladamente bien a pesar de algunas penosas interpretaciones —la más sangrante, la de Dennis Dun— y de lo ridículo de muchas de sus situaciones. Pero el casi irreverente humor de la propuesta, el nada disimulado cachondeo con el que se presentan a la mayoría de personajes y un ritmo que apenas da tiempo a respirar hacen muy disfrutable una sesión en la que lo bien que se lo debieron pasar todos los implicados traspasa la pantalla.

Carpenter quedaría más bien decepcionado por la recepción crítica de su trabajo, haciendo que nunca más quisiese trabajar para un gran estudio —aunque en 1992 volvería a caer en la tentación—, confirmándose de una vez por todas su imagen de director independiente e individualista. Como uno de esos antihéroes del western más crespuscular, Carpenter sigue desencajado en el séptimo arte desde entonces, rindiendo homenaje al noble arte de narrar en imágenes con una mirada totalmente alejada de sus coetáneos, y cuya personalidad parece perderse en la noche cual Jack Burton con su camión tras negarse a dar un beso de despedida a la chica de la película —Kim Cattrall muchos años antes de cierta exitosa serie—, un cliché que Carpenter torea con el mejor de los estilos.

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