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'Soy el número cuatro', alienígenas por vampiros

'Soy el número cuatro', alienígenas por vampiros
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Nosotros no amamos como los humanos. Nosotros amamos para siempre.

(Número Cuatro / Alex Pettyfer)

En dos palabras: para olvidar. Lamento repetirme, pero cuando uno ve cosas como ésta es difícil evitarlo. Se levanta uno de la butaca con una inevitable sensación de pérdida, no en un sentido material, al fin y al cabo estoy de acuerdo con los que opinan que ir al cine no es una alternativa de ocio costosa (siempre y cuando no compres palomitas y refresco para un regimiento de críos); sino más bien como si hubiera pasado un tiempo precioso que podrás recuperar jamás, o aprovechar, o invertir en algo mínimamente entretenido, porque en lugar de eso estabas ahí sentado, mirando imágenes absurdas, incapaz de poder disfrutar de una propuesta mediocre, pensada simplemente para hacer dinero, no para ser recordada, un llamativo envoltorio sin nada estimulante dentro. Y mientras uno abandona la sala, y suena de fondo una música tan atronadora como vacía, exactamente igual que la película que se acaba de ver, es imposible no preguntarse cómo demonios se ha fabricado un producto semejante, si es verdad que el negocio del cine está peor que nunca, enfangado en desgana y torpeza

El responsable de ‘Soy el número cuatro’ (‘I Am The Number Four’) firma como D.J. Caruso, y es uno de esos realizadores que tienen la fortuna de estar trabajando para la industria norteamericana sin tener ningún talento especial, simplemente porque están en el momento y el lugar adecuados, y se encargan de realizar proyectos totalmente comerciales, sin alma ni personalidad. Churros industriales, cine de consumo rápido. Lo más sorprendente en su caso es que siguen confiando en él a pesar de que las recaudaciones de sus películas no son nada llamativas. Rompió todos los pronósticos con la taquillera ‘Disturbia’, esa especie de actualización de ‘La ventana indiscreta’ que no estaba mal, y parece que pudo empezar de nuevo con la etiqueta de “director de éxito”. Pero su siguiente trabajo, ‘La conspiración del pánico’ (‘Eagle Eye’), con una de las tramas más ridículas de los últimos años, ya no logró el éxito esperado, y lo mismo ha ocurrido con ‘Soy el número cuatro’, con la que DreamWorks pretendía iniciar una lucrativa franquicia. Las cifras globales maquillarán el resultado en EE.UU., así que puede que saquen la secuela, solo espero que admitan que se han equivocado de enfoque, que una saga ‘Crepúsculo’ ya es más que suficiente. Y que pongan a un realizador con agallas, apasionado, con algo que decir, no a un triste mercenario.

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Escrita por guionistas de éxito en televisión, Alfred Gough, Miles Millar (‘Smallville’) y Marti Noxon (‘Buffy’), a partir de la novela juvenil de Pittacus Lore (pseudónimo con el que firman Jobie Hughes y James Frey), ‘Soy el número cuatro’ gira en torno a John Smith (Alex Pettyfer) un adolescente que, junto a su padre (Timothy Olyphant), viaja de pueblo en pueblo, siendo siempre el chico nuevo del instituto. Mientras él intenta acomodarse en su nuevo hogar, Ohio, donde ha conocido a una chica (Dianna Agron) aficionada a la fotografía que tampoco parece encajar allí, sus terribles enemigos le pisan los talones. Y es que en realidad, el muchacho es uno de los alienígenas perseguidos en la Tierra por los “mogadorianos”, los mismos que devastaron su planeta de origen, y Henri no es su padre, sino su guardián protector. Sus despiadados enemigos ya han eliminado a tres compatriotas y John es el siguiente. Por fortuna, sus poderes especiales han empezado a manifestarse, lo que le permitirá defenderse, y la número cinco (Teresa Palmer) decide ayudarle, tras llegar a la sensata conclusión de que juntos tendrán más opciones de sobrevivir.

Adolescente que llega a un pueblo pequeño, las reglas del instituto, romance conflictivo, ñoñas promesas de amor eterno, chico que aspira a romper la pareja, protagonista con poderes sobrenaturales que le hacen diferente y atractivo, figura paterna solitaria, animales gigantes, combates entre seres fantásticos, escena del chico luciendo sus poderes para evitar que la chica muera atropellada… Pero no hay vampiros que brillan a la luz del día, hay alienígenas con linternas en las manos. No es ‘Crepúsculo’, es ‘Soy el número cuatro’. Es lógico que en Hollywood estén intentando repetir la fórmula, teniendo en cuenta el impresionante éxito de la saga basada en los libros de Stephenie Meyer, pero se están equivocando al hacerlo tan evidente, y de manera tan torpe, como probando a ver si hay suerte, en lugar de preparar con pasión e ingenio un llamativo cóctel de ingredientes similares (romance, acción, fantasía) con identidad propia, con personajes únicos y una verdadera intención de sorprender y entusiasmar al público. Pero claro, eso requiere más tiempo, mayor elaboración, mayor riesgo… y da la impresión que no están por la labor. Que prefieren sacar lo que sea, rápidamente y al menor coste posible (para evitar disgustos), y luego una secuela, un remake o un reboot, de una marca ya creada, aunque sea una birria. Lo triste es que no les va tan mal como debería…

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Con una trama de lo más previsible, unos diálogos que hemos oído mil veces, y los que no son totalmente ridículos (“Esto es mejor que el Red Bull”, dicho por un alienígena a otro), personajes planos, superficiales y cargantes (el alien con físico de modelo que se enamora para siempre, la chica guapa y enrollada que hace fotos súper-guays y tiene un exnovio súper-capullo), interpretados sin convicción alguna, porque es imposible creerse un guion tan malo, y un vago diseño de producción que roba de todas partes (los villanos son hermanos bastardos de Darth Maul, y por cierto son muy ingenuos, creen que tienen que disfrazarse para pasar desapercibidos, cuando hay tipos más “extraterrestres” tocando en grupos de música), es muy complicado aguantar los más de 100 minutos que dura ‘Soy el número cuatro’, un film demasiado esquemático y asfixiado por la finalidad comercial. Se intuyen buenas ideas, como la frustración del protagonista por tener que huir siempre, o su dificultad para encajar en una sociedad que no tolera lo diferente, pero en lugar de desarrollarlas, y partir de ahí para ofrecer amor y espectáculo, se apuesta por el lucimiento de los jóvenes y unas aparatosas escenas de acción, que dejan en evidencia a Caruso. Así que no esperes encontrar la magia del mejor cine de aventuras, la pasión de los mejores romances o increíbles efectos visuales (aunque Michael Bay esté entre los productores), solo fotos para decorar carpetas y tiempo perdido.

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