Está claro que la ventana de distribución tradicional no pasa por su mejor momento. Al auge de las plataformas de streaming y al abrazo de buena parte del público a consumir largometrajes en la comodidad del salón de su casa, debemos sumar maniobras comerciales como la reciente compra de Warner Bros. por parte de Netflix a un escenario que invita a pensar en la inminencia de la largamente proclamada muerte del cine en salas.
No obstante, con todo esto sobre la mesa —además de la progresiva caída de los datos de asistencia y taquilla año tras año—, hay algo que, pese a todo, me hace mantener la esperanza en que los patios de butacas continuarán llenándose en mayor o menor medida, y que he podido comprobar y experimentar de primera mano viendo 'La asistenta' rodeado de amigos... y una marea de desconocidos.
La magia del cine (en salas)
Haciendo honor a la verdad, he de reconocer que el último trabajo de Paul Feig, que adapta el bestseller homónimo de Freida McFadden, me ha dejado mucho más frío de lo que esperaba. Mi gran problema con la cinta no radica en su delirante surtido de giros, en sus interpretaciones pasadísimas de vueltas ni en su autoconsciente y divertidísimo juego con una puesta en escena propia de telefilmes de sobremesa.
La gran falla que casi me hizo desconectar por completo y que propició a que no disfrutase plenamente del desquiciado jolgorio de su tercer acto la tiene una estructura tremendamente desequilibrada, probablemente heredada de la necesidad para encajar sorpresas determinantes en los momentos adecuados y que me hizo soñar con la magia que podría haber hecho un cineasta surcoreano con este material.
Pero, cuando todo parecía estar perdido entre la tentación constante de mirar el reloj y la ligera desesperación frente a la obviedad del gran plot twist de la película desde sus primeros compases, la experiencia colectiva asociada al cine en salas me cogió en volandas y me sostuvo durante dos horas que terminaron siendo menos plomizas de lo que mi cerebro se esforzaba en razonar.
Carcajadas cómplices, gritos ahogados, apelaciones directas a los personajes y alguna que otra celebración fueron surgiendo de forma orgánica durante una proyección que elevó el largo hasta límites insospechados y que, seguramente, sea una buena muestra del motivo que ha convertido a 'La asistenta' en uno de los grandes fenómenos cinematográficos de los últimos meses, llegando a mirar cara a cara a la mismísima 'Avatar: Fuego y ceniza' en nuestro box office.
Tras abandonar la sala y mantener la típica conversación de vuelta a casa con mis acompañantes, pude ver que mis impresiones eran intrínsecamente contradictorias: 'La asistenta' no me había gustado demasiado, incluso había llegado a exasperarme, pero la había disfrutado considerablemente, y esto ha sido única y exclusivamente gracias a esa "magia del cine" que, después de todo, es mucho más terrenal y humana de lo que cabría esperar.
Deseando echarle el guante a la segunda parte para ver a Millie en modo Equalizer en una sala. Y cuanto más llena esté, mejor.
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