El momento en el que algunas películas reciben mucha atención por parte de los Oscars en sus nominaciones parece luz verde para que muchos empiecen a martillearlas a ver si las destrozan. Ya no son películas que están intentando brillar en sus propios términos, sino que pasan a un escenario de supuesto prestigio donde deben responder a una serie de expectativas un poco vagas de lo que debe ser cine con mayúsculas.
Por supuesto, se puede discutir que algo como ‘F1: La película’ pueda ser una de las 10 mejores películas que se han estrenado a lo largo del año. También se puede hacer una defensa de un espectáculo que claramente tiene fervor y apoyo por los sectores más técnicos de la Academia, tal y como se muestra en su presencia en categorías como sonido o montaje aparte de mejor película (qué cosas, el cine también se hace con sonido y edición).
Grabar a toda velocidad
Pudiendo estar de acuerdo en que se han estrenado películas mejores y más dignas de la distinción como mejor película (varias en otras categorías como mejor película internacional), su despliegue técnico es lo bastante encomiable para considerarla una película destacada. Especialmente cuando todo está contribuyendo a hacerla el espectáculo que es, e incluso sostiene algunas de las ideas elementales que propone. Si acaso, yo creo que deberíamos estar hablando un poco más de por qué no está en una categoría como fotografía.
Por efecto de muchas cuentas que se dedican únicamente a compartir planos muy vistosos, la concepción general de la fotografía pasa por hacer que lo visual luzca bien bonito. No se discute tanto cómo las decisiones de iluminación terminan contribuyendo a contar la historia o lo auténticamente complicado que puede ser capturar determinadas imágenes. Y tanto Joseph Kosinski como su director de fotografía Claudio Miranda llevan tiempo consiguiendo superar retos que permitan capturar imágenes de asombro que tengan una textura táctil y realista, permitiendo la inmersión completa del espectador en la acción.
Lo lograron con aviones en ‘Top Gun: Maverick’ y este año lo llevan a plano terrenal con monoplazas de Fórmula 1. Kosinski es uno de los últimos artesanos del Hollywood actual que cree en hacer la acción in situ en lugar de tirar enteramente de efectos especiales digitales, pero trata de llevarlo a situaciones y vehículos de alta velocidad donde no hay espacio para las cámaras, y estas a veces no pueden seguir el ritmo.
Miranda y su equipo trabajaron intensamente para poder tener las cámaras adaptables a bólidos también adaptables para sostener una que grabe las potentes imágenes para IMAX y haga esos momentos de giro de perspectiva en primera persona a un plano de la cara del piloto. Todo ello a velocidades de cientos de kilómetros por hora, y con nitidez bien clara para que el espectador nunca pierda el hilo de la acción ni la tensión que viven los personajes. Es, realmente, todo un prodigio técnico más que reseñable.
Tener este tipo de planos, además de un uso de una iluminación especialmente blanca y digital que termina resaltando los colores que distinguen a los diferentes coches, permite seguir las carreras de manera que no requiere esfuerzo para la audiencia, consiguiendo que el espectáculo fluya. Lo hace también a costa de una paleta visual más estricta que no permite muchas estridencias, lo que ha sido criticado o discutido, pero su uso de esta atmósfera restringida en ‘F1’ acaba resaltando más lo que es humano, y refuerza uno de los puntos de conflicto de la historia: mantener cierta esencia humana en un deporte cada vez más mecánico y calculado.
Son aspectos que no se reconocen demasiado en una película como esta porque estamos predispuestos a asumir que sólo vamos a ver un entretenimiento bobo. Y cierto, parte del atractivo de ‘F1’ es que es un estupendo entretenimiento que también es bobo, pero lograr determinadas peripecias sin que parece que haya costado es fruto de un esfuerzo bárbaro. Uno que igual debería haber sido reconocido.
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