De todas las direcciones posibles que podía haber tomado 'Fallout', el hecho de transformar su segunda temporada en una especie de comedia distópica y road movie al mismo tiempo ha sido, sin lugar a dudas, una de las decisiones más acertadas. A diferencia de otras adaptaciones recientes de videojuegos que optaron por seguir una fidelidad casi literal a su material original, la serie de Prime Video entendió desde el principio que el verdadero espíritu de 'Fallout' no está solo en la trama, sino en la experiencia de habitar su mundo.
Incluso cuando la segunda temporada se presenta como un complemento de 'Fallout: New Vegas', lo que realmente captura es lo que sientes cuando juegas: lo absurdo, la violencia repentina, los dilemas morales y el humor negro que tan bien definen a la franquicia. Esa libertad creativa es la que permite que la serie no solo se sostenga, sino que evolucione a paso firme.
El corazón de la temporada 2
Uno de los mayores aciertos que tuvo la primera temporada fue la dinámica entre Lucy MacLean y The Ghoul, un choque constante entre el optimismo casi ingenuo y un cinismo forjado por décadas de una supervivencia brutal. Aunque su relación apenas se exploraba, el final dejó claro que la serie apostaría fuerte por este dúo en los siguientes episodios, obligándoles a unir fuerzas en la búsqueda de Hank MacLean y recorriendo juntos el páramo.
Tras solo dos episodios, la segunda temporada ya demuestra que esa apuesta estaba más que justificada. La química entre Ella Purnell y Walton Goggins no solo se mantiene, sino que se intensifica cuando la narrativa los obliga a seguir juntos sin dejarles mucha opción. Cada escenario, cada amenaza absurda o violenta, funciona como una manera de profundizar su vínculo.
Y este enfoque marca una diferencia clara con la primera temporada, donde Lucy y The Ghoul compartían más antagonismo que complicidad. Por aquel entonces, ambos perseguían al mismo objetivo por razones completamente opuestas, y la relación se definía casi exclusivamente por la violencia, la desconfianza y una dinámica que limitaba cualquier tipo de relación diferente.
Aunque esa etapa fue necesaria para presentar el mundo y los personajes, la serie ya había dejado entrever que había mucho más. A medida que Lucy se enfrentaba a la crudeza del exterior -desde la miseria de otros ghouls hasta las decisiones imposibles que te obliga a tomar el páramo-, The Ghoul se convertía, de una forma indirecta, en un mentor.
La temporada 2 abraza ese potencial y lo lleva al extremo. Desde el caótico tiroteo del episodio inicial hasta las absurdas discusiones por recursos básicos como el agua, la serie enfrenta sus visiones del mundo. Lo deja especialmente claro cuando Lucy toma la decisión de priorizar a una desconocida antes que a The Ghoul, obligándole a enfrentarse a las consecuencias de sus actos. Y a medida que avanzan los episodios, empieza a verse cómo quizá Lucy está empezando a parecerse más a The Ghoul de lo que quisiera admitir. Habrá que ver cómo sigue evolucionando esta dinámica.
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