Cada vez más la visión suprema y sin filtrar del director se está empleando como herramienta de marketing para dar mayor peso y sensación de evento a las películas. De tener los montajes alternativos como un caramelo especial en ediciones físicas, a convertirse en arma para poder retomar las riendas de una carrera.
Fue apoteósico lo de ‘La liga de la justicia de Zack Snyder’, donde no sólo un cineasta pelea por sacar adelante la verdadera película que quería compartir sino que consigue crear una legión de fans que la demanda. Un terreno abonado a la perfección para un Quentin Tarantino obsesionado con los cánones, especialmente el suyo propio, y poder convertir al fin ‘Kill Bill’ en la obra única que siempre sostuvo que fue.
Una venganza gigante
Así, la cuarta y quinta películas de Tarantino son al fin la cuarta de manera oficial con el estreno de ‘Kill Bill: The Whole Bloody Affair’, que nos trae de nuevo los dos volúmenes de la historia protagonizada por Uma Thurman en un montaje único, con escenas inéditas, y supuestamente definitivo. Un objeto de culto con el que se ha especulado durante años y que más de dos décadas después llega a nuestros cines.
Años después de ser atacada de manera despiadada durante el día del ensayo de su boda, una retirada asesina profesional despierta del coma con ganas de culminar su venganza. No sólo contra Bill, su antiguo jefe, sino también contra el resto de criminales de la banda de serpientes mortales contra los que se lanzará en una lucha sin cuartel.
Lo tiene todo para volverse un nuevo acontecimiento, ya que hablamos de uno de los clásicos más queridos de Tarantino. Este despiporre de acción contiene gran parte de sus obsesiones cinéfilas convertidas en artefacto molón, irreverente y salvaje. Un desfile de sangre e incorrección con el que podías expresar públicamente tu pasión por el cine, e incluso marcar distancia con “lo masivo”.
‘Kill Bill: The Whole Bloody Affair’: todo en la coctelera
La ironía, claro, es que ‘Kill Bill’ es un gran artefacto masivo, y no a pesar de sus extravagancias y su mamarracha violencia sino gracias a ella. Tarantino se siente a gusto con trucos que ya le habían funcionado, como trastocar la estructura lineal tradicional y emplear una estética referencial con una vivacidad propia de un disjockey que remezcla clásicos. Aquí nos lanza sus pasiones de la infancia, desde cine de samuráis, kung fu y anime hasta western y vengazamáticas.
Tiene suficiente pasión y carisma en funcionamiento para que convenza, y algunos la eleven a categoría de predilección personal. Cómo funcionarán las cuatro horas de metraje juntas será objeto de debate durante años, al menos hasta que Tarantino decida que ya está listo para dejarlo con su película final.
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