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Cómic en cine: 'Spawn', de Mark A. Z. Dippé

Cómic en cine: 'Spawn', de Mark A. Z. Dippé
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1992 fue un año cuanto menos singular. Y si aquí podría hacer referencia inevitable a la Expo o las Olimpiadas, centraré este discurso introductorio en lo que al mundo del cómic compete, ya que al menos dos fueron los acontecimientos puntales que movieron el noveno arte a ambos lados del charco. En estas orillas, y como ya comenté en su momento, comenzó el desembarco masivo del manga verbigracia a la llegada de 'Dragonball', un título fundamental no sólo para entender el cómic nipón sino la historia de publicación del tebeo en nuestra tierra. Mientras tanto, en Estados Unidos se producía un movimiento por parte de un pequeño grupo de artistas que estaba llamado a cambiar de forma radical el panorama editorial yanqui.

La revolución se llamaba Image, una nueva casa que habían construido siete prófugos de Marvel con la intención de huir de las cadenas de producción que imponía La Casa de las Ideas —y también DC, no vayamos a pensar que la Distinguida Competencia se movía en parámetros distintos—: Jim Lee, Rob Liefeld, Todd McFarlane, Marc Silvestri, Erik Larsen, Whilce Portacio y Jim Valentino se liaban la manta a la cabeza, abandonaban las paredes que los habían convertidos en superestrellas, sobre todo al primero y al tercero, y fundaban un sello destinado a alterar por completo asuntos de una tradición tan asentada como los derechos de autor sobre los personajes, permitiendo la nueva editorial a los creadores mantener los mismos sin ningún tipo de cortapisas.

'Spawn', el cómic

Spawn comic

Íntimamente ligada al comienzo de la actividad de Image estuvo, obviamente, la aparición de toda una serie de títulos que, firmados por cada uno de los siete nombres, tenían la clara pretensión de romper moldes y destrozar los récords de ventas controlados de forma exclusiva hasta entonces por las dos grandes. Y con el objetivo de hacer más porciones del inmenso pastel que es —o era— el mercado estadounidense del cómic, aparecieron siete colecciones que, con muy dispares calidades, supusieron el pistoletazo de salida de la editorial. Atendiendo a cada autor, éstas fueron 'WildC.A.T.S', la inefable 'Youngblood', 'Spawn', 'Cyber Force', 'Savage Dragon', 'Wetworks' y 'Nighthawk', siete títulos que, más allá de su espectacular factura visual, demostraban que en cuanto a ideas originales, a Image le faltaba mucho camino por recorrer para apartarse de los senderos marcados por Marvel.

De entre ellas, quizás la que demostraba mayor voluntad por apartarse de los cánones de La Casa de las Ideas era 'Spawn', creación del polémico Todd McFarlane —un tipo cuya vida daría para una serie de artículos...qué digo una serie...¡un libro!— la cabecera venía protagonizada por un enigmático personaje enmascarado y de aspecto demoníaco del que pronto sabríamos que se trataba de Al Simmons, un militar asesinado que, habiendo llegado a un acuerdo con Malebolgia —el diablo— estaba destinado a guiar las legiones de demonios en una guerra orientada a acabar con la humanidad.

Con un dibujo que perfeccionaba aún más lo que ya habíamos podido verle al artista en la mítica 'Spider-man' —y un magnífico color infográfico— 'Spawn' comenzaba muy pronto a dar señales de que, más allá de su interesante premisa de partida, de varios secundarios llenos de carisma muy bien traídos y de los movimientos para aumentar ventas que suponían los números firmados por guionistas de la talla de Frank Miller, Dave Sim o Neil Gaiman, McFarlane no tenía ni pajolera idea de por dónde llevar una serie que, aún así, y contra todo pronóstico debido a los incontables altibajos de calidad que ha sufrido, lleva veintidós años publicándose de forma ininterrumpida y casi 240 números a sus espaldas.

'Spawn', horrenda

Spawn 1

Como diríamos en lenguaje coloquial "no acabo de salir de Guatemala que me meto en Guatapeor". Y es que si anteayer tenía que pasar por el mal trance de revisar la deleznable 'Batman y Robin' ('Batman & Robin', Joel Schumacher, 1997), la cinta que hoy nos ocupa se atiene con igual intensidad a los parámetros de infumabilidad que la cuarta entrega de la franquicia del hombre murciélago, no sirviendo de excusa para defenderla el que su presupuesto fuera de 100 millones de dólares menos que ésta o que no contara con un director de primera fila para sacarla a flote —más que nada porque ambas afirmaciones de poco le sirvieron al filme de Schumacher.

Promesa del mundo de los efectos visuales que había trabajado en 'Terminator 2: el día del juicio final' ('Terminator 2: Judgement Day', James Cameron, 1992) o 'Parque Jurásico' ('Jurassic Park', Steven Spielberg, 1993), Mark A.Z.Dippé se había nombrado a sí mismo el sucesor de George Lucas y James Cameron antes incluso de ponerse tras las cámaras de ésta su ópera prima. Toda una declaración de principios que no hacía sino anticipar aquello de "más dura será la caída": y es que lo que el cineasta novato pone en juego en 'Spawn' (id, 1997) es de una calidad tan cuestionable que no es de extrañar que, por más que la cinta recuperara lo invertido en suelo yanqui, lo mucho que la crítica arremetió —y con razón— contra ella, terminara jugando en contra de las aspiraciones del realizador.

Spawn 2

Más preocupado en plantear planos "molones" —esos money shots que tanto abundaron, y tan incuestionable daño hicieron al cine de acción en la década de los noventa— tanto la narrativa visual de Dippé como el discurso argumental que sirve el guión firmado por él mismo y Alan B.McElroy, son un cúmulo de constantes despropósitos que, apreciables desde los primeros minutos de proyección, con ese horrendo prólogo, determinan el discurrir de una función que se hunde en el más oscuro de los abismos gracias también a unas interpretaciones de pena.

Al frente de las mismas, y obviando por lo doloroso/bochornoso a un Martin Sheen que Dios sabe en qué diantres estaba pensando para meterse en tamaño berenjenal, encontramos la que se lleva la palma en cuanto a irritante e insoportable, la de John Leguizamo. El actor de origen colombiano compone con Violator, un demonio con la apariencia terrenal de un payaso, uno de sus papeles más intragables, y la abundante cuota de pantalla de un personaje que lo mismo suelta frases imposibles que se saca unos calzoncillos cagados que llama Lolita a una niña de menos de diez años sólo se explica bien por un alarde de estupidez supina por parte de director y guionista, bien por las ganas de que la cinta obtuviera la calificación PG-13 que, aún así, se quedaba corta para los supuestos intereses de McFarlane.

Éste, que lleva coqueteando con la idea desde principios de siglo con un reboot del personaje mucho más oscuro y terrorífico —epíteto que habría que matizar, porque la cinta que hoy nos ocupa es terrorífica de narices—, ya fue capaz de ofrecer dichas intenciones en la serie de televisión animada emitida por HBO entre 1997 y 1999, un producto muchísimo mejor pensado y ejecutado que su contrapartida en imagen real que demostraba que, de haber querido, se podría haber filmado algo más digno que lo que tuvimos que sufrir hace diecisiete años. De poco servían pues a los propósitos del artista, del director o de New Line, añadir al cóctel que es 'Spawn' la presencia de Nicol Williamson —el Merlín de 'Excalibur' (id, John Boorman, 1982)— o unos efectos visuales muy logrados en ocasiones —y de vergüenza en otras muchas— cuando el resultado es de esos de "usar y tirar" sopena de ver muy mermadas nuestras capacidades cognitivas e intelectuales.

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