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'El niño', el genio de Monzón

'El niño', el genio de Monzón
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En la estupenda entrevista que Tonio L. Alarcón realizó para Miradas de cine, Daniel Monzón le dice en cierto momento, al respecto de sus influencias, que se ha sorprendido leyendo las semejanzas que la crítica en general encuentra en su forma de dirigir, como cuando oyó los nombres de Sam Fuller o Don Siegel al tratar una película como su aclamada ‘Celda 211’ (2010). La humildad por encima de todo, una forma de agradecer que te comparen con semejantes directores, un dato más para tener a Daniel Monzón en cuenta como una de los valores más seguros de nuestro cine, siempre en tela de juicio.

Debo reconocerlo, Monzón no me interesaba demasiado cuando era un reconocido crítico de cine, no por sus opiniones, sino por su forma de expresarlas. Cuando vi su ópera prima me comí encantado mis palabras pues pensaba que no nos iba a ofrecer un buen trabajo. Ahora, con el paso del tiempo, y salvando esa memez protagonizada por Timothy Hutton, Monzón me ha ofrecido buen cine. Y el hecho de que sea un cinéfilo con clase, de envergadura, es algo bien visible en su filmografía, desde la mejor hasta la peor de sus películas. ‘El niño’ (2014) no es una excepción.

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Daniel Mozón, segundo por la izquierda, dando instrucciones a Ian McShane y Luis Tosar

‘El niño’ ofrece varias historias alrededor del paso de droga que se realiza en el sur de nuestro país, de Marruecos a Gibraltar. Dos historias en paralelo se suceden, dos que curiosamente colman las inquietudes de diferente tipo de espectador. Por un lado las desventuras del Niño del título —debutante Jesús Castro, al que todavía falta pulir más su estilo físico— junto a un par de amigos, que metiéndose en el narcotráfico intentan juntar dinero para cumplir sus sueños de juventud, amor incluido. Por otro lado, los policías que tratan de detener todo ese tráfico de drogas que tantas vidas destroza.

Monzón es un tipo muy inteligente que sabe que para mantener el interés debe contar con dos actores tan versátiles como Sergi López o Eduard Fernández, que tanto pueden hacer del mejor amigo del protagonista como del mayo cabrón bajo las estrellas. También sabe que debe complacer al público más joven, con una historia de amor impostada —el film funcionaría perfectamente sin ella—, pero sin cargar demasiado las tintas —ni los fondos de amaneceres o atardeceres de postal— para centrarse en lo que realmente importa: un thriller fiero a ratos, eficaz en todo momento y con una acción física alejada de las filigranas que reinan en el género actualmente.

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Pulso firme, secundarios y Bárbara Lennie

Y que Mozón es un cinéfilo de pura cepa se nota en su cine, y no hay nada de peyorativo en el comentario, sino todo lo contrario. No tengo que citar ninguna película en concreto y que luego él se sorprenda de lo que lee, porque la influencia de la que yo hablo es la de haber mamado cine desde pequeño. Uno ve ‘El niño’ y reconoce en la historia vestigios del cine clásico, de aquellas películas en las que los secundarios se hacían con la función. ¿Hay alguna historia de amor más contenida este año que la que siente el personaje de una maravillosa Bárbara Lennie hacia el de Luis Tosar? Cuanto más sutil, mejor.

Muchos citan a Michael Mann cuando hablan de ‘El niño’. Podría citarse al director de dos de los mejores thrillers de los últimos 20 años, sobre todo en las tomas nocturnas de alguna de las escenas de acción, para el que suscribe el único punto flojo de la cinta, por alargar demasiado algunas tomas en las persecuciones, rompiendo un poco el ritmo. Pero servidor sigue viendo el pulso de un Don Siegel setentero, sobre todo, época a la que ‘El niño’ parece evocar. También Dassin, incluso Fuller, todo ello de la mano de un director que sabe cómo contentar al público, a mucho tipo de público y que sabe de sobra, o eso creo, cuál es el camino que debe seguir nuestro tan vilipendiado cine.

Y Bárbara Lennie se merece todos los premios habidos y por haber, ya sea por esta película o por la magistral ‘Magical Girl’ (Carlos Vermut, 2014). Lennie es una de esas actrices, rara avis, que controlan a la perfección su voz y físico —imponentes ambos— siendo antes que interpretando. Un diamante en bruto destinado a convertirse en una de las mejores actrices de la historia. Como suena.

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