Agneta es una mujer divertida y llena de vida, aunque no lo parezca a simple vista. Acaba de cumplir 49 años, sus hijos ya se han ido de casa, su trabajo en la oficina está estancado y siente que se ha vuelto invisible. En cambio, su marido ha encontrado un nuevo sentido a la vida entre baños helados y salidas en bici.
Aquí es donde arranca 'Je m'appelle Agneta', una película no vende una gran epifanía ni una huida espectacular, sino algo mucho más cotidiano: el momento en el que Agneta, casi sin darse cuenta, deja de obedecer lo que se espera de ella y empieza a probar, con miedo y curiosidad, otra versión posible de sí misma.
Nos vamos a Francia
Agneta (Eva Melander) vive atrapada en una existencia donde todo está medido y controlado, incluso el placer más básico: el queso francés que su marido Magnus (Bjorn Kjellman) prohíbe en casa. Ella lo esconde, lo disfruta a escondidas y convierte ese gesto en una pequeña rebelión diaria.
Su matrimonio refleja una distancia emocional que lleva instalada desde hace años, con dormitorios separados, rutinas paralelas y una convivencia que ya no se sostiene en el afecto, sino en la costumbre. Aunque Magnus parece satisfecho con su vida ordenada y saludable, Agneta carga con una sensación de agotamiento vital.
El punto de inflexión llega cuando pierde su trabajo y, casi por impulso, acepta un empleo como au pair en la Provenza francesa. Parece una salida temporal, pero acaba convirtiéndose en una huida hacia lo desconocido, dejando atrás a un marido desconcertado y una vida que ya no le pertenece del todo.
En Francia, sin embargo, nada es exactamente como ella imaginaba. En lugar de cuidar a un niño, termina conviviendo con Einar (Claes Mansson), un anciano excéntrico que vive en un antiguo monasterio y que, entre delirios y lucidez, la empuja sin querer a cuestionarse a sí misma. Y a su alrededor aparecen nuevos vínculos que abrirán pequeñas grietas en su aislamiento emocional.
Al final, el viaje de Agneta no va tanto sobre un cambio radical sino sobre una lenta recuperación de algo que ella creía perdido: la posibilidad de sentirse viva. Entre momentos absurdos, tiernos y ligeramente incómodos, la película construye el retrato sencillo de una mujer que empieza a ocupar el espacio había dejado vacío durante años.
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