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Martin Scorsese: 'Italianamerican', las raíces de los Scorsese

Martin Scorsese: 'Italianamerican', las raíces de los Scorsese
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Durante la rueda de prensa de ‘Shutter Island’ en el 67th Festival Internacional de Berlín, Leonardo DiCaprio aseguró a todos los presentes que Martin Scorsese es el director definitivo de nuestro tiempo. Yo no sé si lo es, pero si lo fuera, lo sería no solamente por sus ficciones (entre las que creo, se encuentran al menos media docena de obras geniales), también por sus documentales, que aunque menores en número son joyas inclasificables que certifican a un documentalista habilidoso y culto. Pero también significan mucho más que eso. Estos documentales, de alguna forma, nos muestran al verdadero Martin Scorsese. Dado su carácter emocional y nostálgico, en la mayoría de los casos, se revelan como confesiones íntimas de carácter estético y personal, en las que el famoso director italoamericano nos regala sus recuerdos, sus experiencias, sus gustos, sus raíces.

El primero de todos ellos es una pieza de cuarenta y ocho minutos muy difícil de definir, aunque inolvidable, y titulada ‘Italianamerican’ (1974). Este mediometraje documental se hizo realidad porque la National Endowment of the Humanities de Washington, en el bicentenario de los Estados Unidos, encargó a varios cineastas un documental que cada uno de ellos tendría que centrar en minorías o grandes colectivos de inmigrantes. Dada su condición de italoamericano de segunda generación, Martin Scorsese se ocuparía del documental sobre los inmigrantes venidos de Italia, y decidió encerrarse un fin de semana con sus padres, y con una cámara de 16 mm, y el resultado es uno de los materiales más puramente jocosos, vitalistas, personales y sinceros de toda la carrera del ínclito realizador.

Del mismo modo que en sus ficciones, Scorsese ejercita la veneración por los grandes clásicos mientras renueva sus formalismos ya anticuados, el cineasta no tiene la menor intención de caer en los encorsetamientos habituales en un cierto tipo de documental. Y mucho menos después de convencer a sus propios padres para que compartan sus experiencias con el espectador. Más bien se entrega con pasión a lo que el documental tiene de vanguardia fílmica por sobre otras formas audiovisuales. Así, una sensación de falsa improvisación, que no es otra cosa que una complicidad maravillosa e ilimitada con sus padres, y de falso caos, que deriva del carácter al mismo tiempo provinciano y de mundo de Charles y Catherine Scorsese, se instala en la pantalla. Y de la huida de una estructura clara y definida, se deduce una sensación de vida y de verdad que impregna todos los poros del fotograma.

De los dos, la más parlanchina es Catherine Scorsese. Esta mujer, desde luego, era todo un personaje. Hemos podido verla en varios filmes de su hijo, aunque quizá su aparición más recordada sea la de esa secuencia de puro humor negro en ‘Uno de los nuestros’ (‘Goodfellas’, 1990) en la que los mafiosos se sentaban a cenar tranquilamente en su casa con un cadáver ensangrentado en el maletero. Pero también hacía una breve aparición en ‘El padrino, parte III’ (Coppola, 1990). Su marido, Charles, es por contra mucho más reacio a expresarse con palabras, pero de sus silencios se extrae un pudor y una manera de ser tremendamente italiana, basada en una moral tradicional que tan bien conocemos en el Mediterráneo. Ambos forman un complemento del otro que imposibilitaría cualquier intento de orden predefinido.

Y la cámara se vuelve cómplice insuperable del director, haciéndose invisible. Al poco de empezar el visionado, olvidamos completamente que lo que vemos lo captó una cámara inquieta y curiosa, y nos sentimos parte de esa casa, de esos recuerdos y de esa forma de vida. Como otros geniales documentalistas antes y después que él, Martin Scorsese logra el milagro de que sus objetos de estudio, sus personas-personajes, sean ellos mismos aunque la cámara zumbe a escasos centímetros de sus rostros. La cercanía y la búsqueda de un tiempo capturado irrepetible son los objetivos primarios de un trabajo documental del que se filmaron seis horas, lo que obligó a dejar muchísimo material sin montar, lo que es una verdadera lástima, porque es muy probable que muchos momentos divertidos y cotidianos hayan quedado sin verse. Catherine murió en 1997, y Charles en 1993, pero están tan vivos en este mediometraje documental… que asusta.

‘Italianamerican’, además, es una pieza fundamental para completar aún más la percepción del tan inimitable universo scorsesiano. Tan fundamental como ‘Malas calles’ (1973), ‘Uno de los nuestros’ (1990) o ‘La última tentación de Cristo’ (1988). Con ella rellenamos los huecos que en sus ficciones son lagunas asumidas por el director y el espectador. Comprenderemos un poquito mejor las reacciones y las razones de sus personajes italoamericanos, accederemos de primera mano al por qué de ciertos rituales cotidianos, admiraremos aún más, en definitiva, el modo en que Scorsese canaliza y contextualiza todo eso en sus largometrajes de ficción. Y eso no es lo mejor. Lo mejor es que Scorsese posee en su filmografía otros documentales (aunque de muy distinta índole) tan brillantes, sinceros y apasionados como este. Hablaremos de todos ellos cuando vaya llegando el momento.

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