Uno pensaría que el regreso de Steven Spielberg al cine, especialmente al blockbuster de ciencia ficción, se recibiría con un entusiasmo desaforado. En taquilla al menos se está viendo fervor, pero las reacciones de crítica y público están presentando cierta discusión en torno a ‘El día de la revelación’ (’Disclosure Day’) y cómo decide aproximarse al posible contacto con vida extraterrestre.
Había interés es saber si el director era capaz de volver a hacer un escapismo puro tras quedarse bastante a medias con ‘Ready Player One’, especialmente tras muchas incursiones en cine más maduro y con tendencia más reflexiva o incluso política (algo acentuado a raíz del 11-S). ‘El día de la revelación’ tiene mucha más tendencia hacia recuperar el sentido de la maravilla que caracteriza su cine clásico, pero trata de aunarlo con cierta inquietud sobre la realidad contemporánea, ahora más en manos de corporaciones de dudosa intención que cuentan con beneplácitos estatales.
Es una mezcla que no está terminando de convencer plenamente, y hay desde luego espacio a discutir si está ejecutando al nivel necesario para volver a tener sensación de entusiasmo e incluso optimismo por la posibilidad de ver un OVNI. Pero su mezcla de sensaciones complejas hacen de este uno de los mejores blockbusters que podía entregar Spielberg es un contexto donde la mayoría ya no sólo carecen de ideas, incluso carecen de artesanía para resultar espectaculares.
Al mismo tiempo, es un tipo de película que sólo podría entregar tras hacer otra película importante para él, aunque también discutida como es ‘Los Fabelman’ (’The Fablemans’). En su intento de ficcionalizar su vida familiar y su infancia, Spielberg elaboró una irregular reflexión en torno a las tensiones de su familia así como las suyas propias, vividas a nivel interno y canalizadas externamente a través del cine.
Reconciliar ciencia y alma
Siendo, como digo, una película contada de manera trastabillada, ‘Los Fabelman’ acabó dándonos un manual completo sobre cómo leer a Spielberg y que termina marcando a ‘El día de la revelación’ con respecto a la mayoría de sus películas de ciencia ficción (quitando, quizás, ‘Encuentros en la tercera fase’). En ella encontramos cómo el joven Steven percibía a sus padres de maneras muy diferentes, siendo su padre un hombre de ciencia tan técnico como distanciado de su familia y su madre una alma artística demasiado sensible para encajar en un molde de ama de casa tradicional.
A partir de aquí posibles spoilers de ‘El día de la revelación’.
Hacer esa película y reconciliarse con dos figuras que, realmente, marcan a él como cineasta capaz de ser un excelso de la técnica y un gran explotador de la sensibilidad, marcan la historia de ‘El día de la revelación’. Un artefacto de ciencia ficción profundamente empático a través de dos héroes de carácter distinto, pero cuya conexión común permite desbloquear las dos claves necesarias para que la raza alienígena establezca contacto con la humanidad: el personaje de Josh O’Connor empleando las matemáticas como lenguaje compartido entre ambas especies y el de Emily Blunt usando su conexión profunda con el alma humana para que el mensaje se propague.
Pero para llegar a esa conexión, que desemboca en ese poderoso clímax de la película, ambos personajes se ven en conflicto con esa gran habilidad que poseen y es concedida por una fuerza superior, pero también está ligada a un trauma profundo de su infancia. Es ahí donde entra otra de las profundas cuestiones de ‘Los Fabelman’, donde Spielberg presenta una habilidad innata para el cine y que este sirva para que la gente reconecte entre ella, pero a él le acaban generando una distancia y hasta heridas emocionales con las que debe lidiar.
Pero, al mismo tiempo, no puede dejar de emplear ese talento. Es demasiado bueno con él, y trae demasiado gozo para dejarlo. La unión de raciocinio y corazón es también la que sostiene el radical mensaje de empatía de ‘El día de la revelación’, una película más decididamente optimista que inocentona que refresca el panorama cinematográfico mainstream. Porque, al igual que la propia película, Spielberg es de los pocos que ejemplifican lo bien que pueden ir juntos lo artesanal y la sensiblería.
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