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'Deseo, Peligro', Ang Lee con aroma de clásico

'Deseo, Peligro', Ang Lee con aroma de clásico
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Mucho se comentará de esta película sobre sus escenas eróticas, pero pasando por alto la calidad de las mismas (y su necesidad para entender la relación entre los personajes protagonistas), Ang Lee nos regala con 'Deseo, Peligro', una película con aroma a cine clásico, obsequiándonos otra gran obra con un relato corto como base, esta vez de la autora china Eileen Chang, tal y como ocurría con 'Brokeback Mountain'.

Ang Lee quiere contarnos el despertar a la madurez de un grupo de estudiantes universitarios durante la II Guerra Mundial, actores amateurs, en una época tan complicada como la China ocupada por los ejércitos japoneses. Y sobre ese arranque, hablar de la relación con los colaboradores en época de guerra. La trama sucede en un periodo de cuatro años, en el cual vemos como se desarrolla la relación de Wong Chia Chi (la debutante Tang Wei) y el traidor Mr. Yee (Tony Leung), que de trampa se convierte en deseo y a la vez en peligro para ambos protagonistas.

La narración gira en torno a ese proceso de seducción que se produce entre ambos protagonistas, o en concreto al deseo de Mr. Yee por poseer a la mujer que tanto le fascina. Y es en el mismo momento en el que Tony Leung aparece en pantalla (es tan grande el talento de este actor, que sólo con la mirada es capaz de componer su personaje, del traidor frío e insensible, pero que no puede resistirse a enamorarse), cuando ésta da un giro de tuerca más en la historia que nos están contando y sube un peldaño, para entrar en su juego, para convivir junto a ellos el deseo y el peligro.

Pero además, Ang Lee sabe preparar el camino y mostrarnos una historia que bebe de las películas antiguas, de los dramas de relaciones imposibles y no deseados, de las penurias que deben pasar los personajes (desde la pérdida de la virginidad para engañar al traidor, hasta el terminar creyéndose la impostura y el papel de amante), que termina siendo un retrato de época perfectamente ambientada. Porque no es más que recrear una lucha entre la obligación de cumplir con el deber a tu país, y el deseo irreprimible que te hace caer de rodillas ante él.

Si, como ya indicaba, de la película se habla más de las escenas eróticas, explícitas y violentas a su manera, en una lucha por dominar el deseo y obviar el peligro, Ang Lee las rueda tal y como la sentirían ambos personajes, sin gestos al inicio, con necesidad al final, al completo, para ver como paulatinamente ese Mr. Yee sin corazón, no puede dar la espalda a lo que éste le dictamina. Ni como ella, Wong Chia Chi o Sra. Mak, puede hacer frente al poder que ese ser, que ve como un traidor, termina dominando su cuerpo y su mente. Y es al final de la última secuencia erótica, en los detalles de dos cuerpos entregados, cuando entendemos que los dos amantes ya se han rendido al deseo de la otra persona, y no ven el peligro que esto les implica, que se han enamorado pero no saben verlo.

Pero también hay violencia explícita, en la que para mí es la mejor escena de la película, que marca el climax de la misma (y curiosamente no está Tony Leung, que impone el ritmo a la segunda parte del film), donde los estudiantes por necesidad tienen que aprender a matar, sin saber hacerlo, con lo que ello conlleva de agonía para el cadáver. Si alguna vez pensé cómo sería ésto, Ang Lee me lo enseña, y es importante, porque a ojos de Wong Chia Chi supone perder la inocencia, y equipararse al mismo traidor al que repudia y desea, por mucho que intente huir de la misión que tiene encomendada. Ese peligro, que el deseo te oscurece y que sin remedio es tu tumba.

Ang Lee se ha marcado un camino a espaldas de la industria, y ha vuelto a arriesgarse, sin caer en la línea peligrosa de llevar lo erótico por encima de la historia. Él no cayó en ese deseo en el que otros muchos acaban. Y los amantes del cine bien que se lo agradecemos. Por mucho que haya ganado, con justicia, el León de Oro de Venecia, estamos ante una obra de altas cotas. Ante una película que aguantará el paso de los años. Eso que algunos llaman el aroma de los clásicos.

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