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'El rey de la montaña', el juego de la realidad

'El rey de la montaña', el juego de la realidad
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Gonzalo López-Gallego en su tercer largometraje de ficción, y partiendo de una idea de Javier Gullón, guionista del film, se acerca desde el cine a esa generación que ha crecido con los videojuegos. Lo que no quiere decir, afortunadamente y para sorpresa de quien esto suscribe, que la película que hoy nos ocupa, ‘El rey de la montaña’, represente un nuevo modelo de los muchos que pueblan el cine actual envenenando el mismo con fórmulas estéticas vacías sin aportar absolutamente nada al arte cinematográfico. Y además, hablamos de una cinta española de pura cepa, otra sorpresa que añadir al estimulante visionado de una película efectiva en más de un aspecto.

No está basada ‘El rey de la montaña’ en uno de esos videojuegos que tantos y tantos adeptos tienen, y cuyas ventas superan con creces lo imaginable. Pero bebe sabiamente de la fuente, aplicando perfectamente su esencia al diferente contexto de lo que supone realizar una película, la cual por cierto, no está exenta de errores, pero éstos provienen de algo que nada tiene que ver con el mundo de las consolas, las wii, etc.

Cuenta ‘El rey de la montaña’ la historia de Quim, que viajando en coche para a repostar en una gasolinera en la que conoce a una enigmática chica con la que tiene algo más que un intercambio de palabras (más bien hablan poco). Tras despedirse de ella, comprobará que le ha robado la cartera y decide perseguirla, adentrándose en una región totalmente desconocida para él. Pronto los dos empezarán a ser acosados por un enemigo invisible, alguien que les dispara desde la distancia, y parece jugar con ellos al juego del gato y el ratón.

La película está dividida en dos partes bien diferenciadas, en las que el director decide, muy inteligentemente a mi parecer, cambiar radicalmente el punto de vista. Una primera parte, en la que el suspense es el arma que López-Gallego utiliza, en momentos muy acertadamente, en otros un tanto tosco, nos introduce en un universo casi minimalista, en el que dos personajes luchan ya no por entender lo que está sucediendo, sino por sobrevivir. Un hombre y una mujer unidos únicamente por el deseo de escapar a una especie de pesadilla que parece salida de cualquier película de terror para adolescentes. Mientras el espectador conecta en todo momento con el personaje masculino, interpretado por un muy entregado Leonardo Sbaraglia, que transmite el terror y la desesperación que sufre, no ocurre lo mismo con el personaje femenino, metido prácticamente a calzador y tal vez para que el verdadero protagonista no sufra solo su peculiar aventura. Además, hay que soportar en cierta medida la pobre interpretación de María Valverde, una mujer increíblemente atractiva que no aprovecha ni lo más mínimo su cautivadora presencia; se le busca, se le quiere mimar, pero la actriz se escapa, y el espectador es el que paga las consecuencias de un imposible matrimonio, de una unión utópica entre una mujer bella y la captadora de belleza más poderosa y enigmática que existe: la cámara cinematográfica. Añadamos también que el personaje es algo confuso, y por momentos da la sensación de que está en buena parte del relato para despistar al interesado espectador.

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Es ésta una parte en la que el director aprovecha al máximo el escenario natural en el que se desenvuelve la acción: carreteras secundarias idénticas entre sí, que parecen no llevar hacia algún sitio en concreto, y bosques cuyos árboles ocultan una verdad terrible. La escueta trama tiende a caer un poco en la repetición de situaciones, y justo cuando uno está a punto de perder la paciencia, lo que en parte también está provocado por el hecho de desconocer por completo a qué se enfrentan los personajes, el film da un giro radical, logrando saciar en parte nuestro deseo de saber. La historia cambia de enfoque, el director muestra sus verdaderas cartas, y pasa con encomiable facilidad del terror casi de género a un terror más puro y realista, mezclado éste con la ficción de su puesta en escena, dotado de esa mentira latente que siempre supone lo visto en pantalla, atravesando los muros, si éstos existieron alguna vez, para interactuar con el espectador en un ejercicio que aprovecha al máximo su escueta premisa logrando una participación completa por parte de todo aquel que ha entrado de lleno en su juego.

El cine español necesita más productos como ‘El rey de la montaña’, películas que puedan atravesar las fronteras sin temer hacer el ridículo. No hablamos de un film perfecto, pues su a ratos simpleza, el mal tratamiento de su personaje femenino, o el querer alargar de más una situación, impiden llegar a esa perfección. Pero si por el contrario existe un enorme poder de convicción, una historia que atrapa por su exposición, un actor que lo da absolutamente todo y más, y ello dentro del cine de género, sólo nos queda aplaudir y estar muy pendientes de lo próximo que ruede Gonzalo López-Gallego, que por cierto será en Hollywood.

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