Ayer se anunció la muerte a los 93 años de un cineasta italiano que dejó una gran impronta en la historia del cine. No fue una carrera de lo más aclamada, pero sí que Tinto Brass dejó una impronta muy particular a través de sus particulares espectáculos y su tendencia al cine erótico, que sin duda causó controversia.
Se pudo ir, al menos, con la versión definitiva de una de sus películas más importantes rescatada del ostracismo. Con el impagable apoyo de una revista para adultos como Penthouse, acometió una de las mayores producciones del cine independiente y del género erótico que jamás se han realizado: ‘Calígula’.
La caída en la perversión
La épica película, que estrenó hace poco un montaje especial restaurando aquello que se ha ido mutilando por decisiones de productores y censuras de diferentes zonas, es un provocador espectáculo lleno de morbo y cuestionable gusto. Protagonizada por Malcolm McDowell, Helen Mirren y Peter O’Toole, esta imponente obra sigue eludiendo la disponibilidad en plataformas de streaming, pero sigue siendo por lo que recordaremos el nombre de Brass.
En la Roma del año 37 antes de Cristo, la decrépita salud del emperador Tiberio abre la puerta a su sucesor, el príncipe Caligula, a tomar las riendas del depravado palacio en la isla de Capri. Su empeño por ocupar el trono va en consonancia por su predilección por las orgías y las humillaciones de sus súbditos, lo que va a precipitar la caída de su imperio.
El desmesurado rodaje, con choques entre los creativos y los productores, se refleja en cualquier de los montajes de una película desmesurada, excesiva y profundamente inestable. Su perversión de todos los cánones de lo que conocemos de las épicas de espadas y sandalias refleja la imperecedera obsesión masculina por la caída de imperios como el romano.
‘Caligula’: decadencia desatada
No obstante la versión Ultimate de la película, la que respeta más la visión de Brass y las actuaciones del reparto, no buscaba meter sexo por meterlo, cosa que al final desde Penthouse impusieron. La lujuria puebla la interpretación tan libre de la antigua Roma que tiene Brass, pero busca hacerla parte de la decadencia más arrolladora.
No es una película con la que sentirse limpio o agradablemente entretenido al final del visionado. Su impacto es a veces gratuito, y sus ideas demasiado elementales para regodearse en ellas casi tres horas. Sigue siendo notable y memorable hasta la médula, siendo de los esfuerzos más singulares que ha dado el cine erótico en su historia. Su éxito en su momento superó su controversia, y ha justificado perseguir el restaurarla en todo su esplendor mientras su cineasta siguiera con vida.
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