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Cine en el salón. 'Aullidos', Dante y sus licántropos

Cine en el salón. 'Aullidos', Dante y sus licántropos
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Descaradamente inspirada en 'Tiburón' ('Jaws', Steven Spielberg, 1975), 'Piraña' ('Piranha', 1978) fue tanto el primer filme en solitario de Joe Dante como su primer éxito, contando para ello con la colaboración de un John Sayles que firmaba asimismo su primer guión para la gran pantalla. La cinta, que supera con mucho lo que después ofrecerían sus secuelas y recientes reboots, era temprana muestra del especial talante tras la cámara de Dante y hacía gala de un particularísimo sentido del humor que poco a poco terminaría por convertirse en marca de la casa, tal y como puede observarse en cualquiera de las producciones de las que el realizador se haría cargo a continuación, siendo 'Aullidos' ('The howling', 1981) inmediato ejemplo de ello.

Reflejando esa pasión por "el otro yo" y "el monstruo" que, traspasada de la literatura, ha existido desde sus comienzos en el séptimo arte —con ejemplos tan consabidos como 'Nosferatu' (id, F.W. Murnau, 1922) o 'La parada de los monstruos' ('Freaks', Tod Browning', 1932)— 'Aullidos' no es sino un ejemplo más en la miriada de filmes que, con los licántropos de por medio, han jalonado el género de terror desde que clásicas muestras como 'El lobo humano' ('Werewolf of London', Stuart Walker, 1935) y, sobre todo, 'El hombre lobo' ('The wolf man', George Waggner, 1941), despertaran el interés del público por las malditas criaturas.

Aullidos 1

Estrenada en el mismo año en que John Landis pusó en pie su 'Un hombre lobo americano en Londres' ('An american werewolf in London', 1981), 'Aullidos' supuso no sólo el primer paso en la consolidación del nombre de Joe Dante dentro de la industria norteamericana —una consolidación que quedaría marcada a fuego por su siguiente filme, el mítico 'Gremlins' (id, 1984)— sino que, en su aspecto técnico más llamativo, el del maquillaje, estableció como figura emergente en la industria a Rob Bottin. Alumno aventajado del legendario Rick Baker, Bottin tuvo su oportunidad de oro con 'Aullidos' gracias a que el talento de su mentor fue requerido por Landis para su filme —algo que le reportaría al maquillador su primer Oscar—, encontrándose así con la tarea de visualizar a los licántropos y teniendo que llevar sobre sus hombros la pesada carga de conseguir que la transformación de hombre a lobo que vemos previa al clímax del filme fuera lo más creíble posible. Con la perspectiva que da el tiempo, y aunque ambos maquillajes hayan envejecido bastante, resulta obvio que el impresionante trabajo de Baker se merienda sin problemas al que Bottin realizaría en la cinta de Dante, sin que ello implique, ni mucho menos, que el trucaje del aire inyectado bajo las capas de látex que componían el maquillaje aplicado al personaje de Robert Picardo no resulte efectivo.

Pero más allá de las inevitables comparativas, que podríamos seguir estableciendo para dilucidar cuál de las dos cintas ha sabido mantener mejor sus valores tres décadas después —yo me inclino por el filme de Landis, bastante más sólido—, resulta incuestionable que tanto una como otra son hijas de su tiempo. Con los modos narrativos y visuales —esa difuminada fotografía— de los setenta aún muy presentes, 'Aullidos' luce orgullosa su carácter de serie B, acusando ciertas carencias que su millón de dólares de presupuesto eran incapaces de suplir. La más evidente es que sólo veamos una transformación de hombre a lobo completa, mientras que todas las previas y aquellas que tienen lugar en el final en el granero, se resuelvan con elipsis en el montaje para así evitar el gasto añadido que habrían supuesto. Esa imaginación en la gestión de los recursos heredada, qué duda cabe, de la forma en que Corman solía poner en pie sus producciones, se extiende a la totalidad de un metraje al que, no obstante, el tiempo no ha tratado todo lo bien que hubiera sido deseable.

Aullidos 2

El guión de John Sayles, que reescribió por completo los tratamientos previos con los que Jack Conrad y Terence H. Winkles se habían acercado a la novela de Gary Brandner, hace gala, como comentábamos, de un sentido del humor bastante bizarro —alejado de la seriedad que comportaba el escrito original— que es potenciado por la puesta en escena de Dante, arropada como está en un sentido narrativo bastante casual que da poca importancia al desarrollo de los personajes en aras de centrar su atención en la secuencia de turno y la profusa ambientación que se le de a la misma. La más llamativa baja de tal decisión es, como apuntaba, el risible y muy poco plausible carácter que acusan la práctica totalidad de los personajes, salvándose únicamente de la quema, y por los pelos, el interpretado por Dee Wallace. El resto destaca por un desarrollo que se mueve entre lo parco —los compañeros del trabajo de Wallace, el doctor interpretado por Patrick MacNee— y lo nulo —el marido de la protagonista, el director del programa de televisión, el asesino/hombre lobo que encarna Picardo— en un escollo que supone, a la postre, un vado insalvable de la producción.

Plagada de gran cantidad de guiños al mundo de los lobos —esa lata de Wolf chili que come Slim Pickens, la televisión que emite la cinta de 1941— y con una buena parte de sus personajes tomando el nombre de directores de cine que dejaron su huella en el mundo de los licántropos —George Waggner, Terence Fisher, Freddie Francis...—, 'Aullidos', en la que Dante recogió el testigo de la realización de mano de Jack Conrad cuando este abandonó el proyecto por desavenencias con el estudio y en la que ya aparecen los actores que serán constantes en su cine, no ha resistido del todo bien el paso del tiempo como si lo han hecho otras cintas del realizador firmadas hace tres décadas: la ambigüedad de su carácter hace que no sea un filme de fácil acomodo, quedándose a medio camino entre una comedia con poca gracia y un filme de terror que carece de la fuerza suficiente como para "meter miedo en el cuerpo"; a ello no ayudan ni el desarrollo de la historia, cuya original premisa de partida queda completamente deslavazada en el transcurso del metraje, ni la música de Pino Donaggio —inadecuada como ella sola—, ni esos dos finales tan previsibles que asustan, y no el sentido que serviría para mejorar la impresión sobre la película.

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