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'Gladiator', la soledad de Máximo

'Gladiator', la soledad de Máximo
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Haciendo un repaso exhaustivo por todas las películas que se han alzado con el Oscar (ese premio de tan dudosa reputación, al fin y al cabo es una industria premiándose a sí misma, nada más sospechoso) saltan las evidencias como chispas. Por ejemplo, que ‘El Padrino’ y ‘El Padrino, parte II’ son muy superiores a prácticamente todas las demás que lo han ganado. Y en cuanto a las que no lo merecían, teniendo en cuenta que eligen nada menos que la mejor película de todo un año, hay dos protagonizadas por el excelente, sanguíneo, instintivo, desaprovechado intérprete que es Russell Crowe.

Una de esas dos es ‘Gladiator’, la décimo primera realización del británico Ridley Scott, con la que recuperó el crédito comercial después de varios rotundos fracasos de público, y a la que cierto sector de la crítica, sobre todo de su país de origen (en opinión de quien esto escribe a años luz de la exigencia de los críticos europeos), trató con una vehemencia desproporcionada, al igual que los aficionados al cine, quienes la valoran muy por encima de lo que merece, ya que si sus limitaciones eran evidentes hace nueve años, ahora son escandalosas, y aunque también posee ciertas virtudes, no son suficientes. Pero vayamos por partes

El subgénero de romanos, que podría situarse entre el género del melodrama histórico y el de melodrama de aventuras, gozó de cierto esplendor hace ya unas cuantas décadas. Y de la misma forma que obtuvo grandes éxitos económicos, su decadencia y desfase fue rápida e inmisericorde. A fin de cuentas, y si repasamos su tradición, no se puede decir que ninguna gran personalidad cinematográfica se haya ocupado de él y haya dado una aportación de peso. Por supuesto que hay títulos emblemáticos, pero su razón de ser quizá desapareció con el género. Por eso la apropiación de los códigos del Peplum por parte de Ridley Scott y su equipo es, primeramente, una estratagema comercial, servida con una campaña de marketing formidable. Pero, ¿hay algo personal en este ‘Gladiator’?

A principios de la década, recordemos que esta película es del año 2000, los efectos digitales habían llegado a una plenitud impensable cinco o seis años antes. Ellos fueron uno de los reclamos publicitarios de la película de Ridley Scott. Sin embargo, el tratamiento de los mismos no fue todo lo perfecto que podría desearse. De hecho, en comparación con otra película de aquel mismo año, ‘La tormenta perfecta’ (Wolfgang Petersen), son muy inferiores. En la de Petersen conocían las limitaciones de la integración 3D, y su recreación de la tormenta marina es asombrosa. No se puede decir lo mismo de la recreación de la arquitectura imperial romana. Los planos aéreos cantan bastante, pero los fondos son una equivocación, y comprometen la integridad de la atmósfera que se intenta buscar.

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Pero tampoco es que en ningún momento se pretenda una fidelidad histórica, como sí logran en la extraordinaria serie ‘Roma’. Y no hablo sólo de esos errores de atrezzo de los que tanto se ha hablado en internet, sino de la recreación de una época que responde más al gusto barroquista y excesivo, pagado de sí mismo, de Ridley Scott (que encomendó la tarea a un hombre que se haría habitual suyo, Arthur Max), que a la elaboración de un ambiente narrativo que se erija en herramienta emocional. Pensemos por ejemplo en la batalla inicial, que es un alarde de medios. Filmada en Surrey, Reino Unido, su temperatura de color, con ese sol invernal que convertía el bosque en algo espectral, fue captada muy bien por el operador jefe, John Mathieson, que sabía de la velocidad de filmar en Super 35, pero dado el caos de planificación (marca de Scott), todo se echa a perder.

Ese uso de velocidades y obturaciones extrañas en la batalla se empleó de manera mucho más bella en ‘Los siete samuráis’ (Kurosawa, 1954) o incluso en ‘Saving Private Ryan’ (Spielberg, 1998). Aquí parece la última solución para una batalla que tuvo que ser mutilada por falta de dinero, y para la que no había tiempo. Si a eso sumamos que no se obtuvo un guión definitivo hasta una semana antes del rodaje, podemos hacernos una idea del follón en que se vieron inmersos. Se nota, además, que no son más que 750 romanos y 350 germanos, aunque hicieron lo posible por maquillarlo. Con esta batalla comienzan también las arbitrariedades narrativas de Scott.

Se frota uno los ojos de incredulidad, pero las espantosas ideas del director no desaparecen. ¿Cómo se puede tener el mal gusto de insertar, cada pocos segundos, un plano del emperador Marco Aurelio (interpretado con irregular fuerza por el ya desaparecido Richard Harris), dentro de la larga secuencia del campo de batalla? Debido a que Scott ya ejecutó ideas similares en películas anteriores, no debería sorprendernos. Pero es obvio que a nadie se le ocurriría romper el contínuo secuencial con un plano inserto en travelling de acercamiento a un personaje ajeno a la secuencia. Sin duda Scott, excitado por los picores del divismo y la autoría, cree que tales ideas son dignas de quedarse en el montaje.

Pero pronto comienza la historia y la presentación de los personajes. Conocemos a Máximo (Russell Crowe), a Cómodo (Joaquin Phoenix) y a Lucilla (Connie Nielsen), y somos testigos del traspaso de poder del anciano Marco Aurelio al gran general Máximo, y del golpe de estado de su hijo Cómodo. Todo esto está bastante bien. Es el comienzo de la historia, y crea tensión e interés. Pero pronto se desdibuja todo con gran rapidez. Muerto Marco Aurelio, Cómodo tiene vía libre para quitar de en medio a Máximo (asesinando también a su familia), y regresar a Roma como emperador. Por supuesto, Máximo escapará de la muerte y clamará venganza.

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El montaje en paralelo de Máximo viajando nada menos que de Germania a Hispania en caballo, con el asesinato de su mujer e hijo por otro lado, es un intento de crear tensión absolutamente contraproducente. Rompe el ritmo y el estilo creado hasta ahora, y se adentra por caminos visuales cercanos al videoclip. De pronto, la identificación que se supone debíamos sentir con Máximo, se esfuma. Nos importa poco que hayan violado y asesinado a su mujer, junto con su hijo. Y nadie sabe cómo, pero aparecen en sus tierras unos esclavistas que se lo llevan al desierto (no se sabe qué desierto ni qué país…), para emplearle como gladiador. El mal gusto desplegado en esas imágenes oníricas del desierto es clamoroso, y son obra de un director que no sabe muy bien qué está contando, ni por qué.

Al menos, tenemos a Máximo. Durante la película no le veremos ni la menor falla. Es guapo, leal, fuerte, valiente, inteligente, compasivo, fiero. Podría haber dado mucho menos de sí sino le hubiera encarnado un actor en estado de gracia que nunca más (ya le habíamos visto pletórico en ‘L.A. Confidential’ y ‘The Insider’) ha vuelto a disfrutar. Crowe se adueña del personaje y le otorga una verdad y una tristeza incomensurables. Es verlo para creerlo. Él es el auténtico pilar de una película que hace aguas en cuanto intenta desmarcarse precisamente del sub-género que quiere homenajear. Una fuerza de la naturaleza con la que, si bien no nos sentimos identificados ni nos importa mucho lo que le suceda, sí podemos comprender y compadecer.

A su lado Joaquin Phoenix (que ha logrado algún buen trabajo en una carrera irregular) palidece como un villano que no está a la altura. El guión le ayuda poco, Ridley Scott se empeña en extraer de él sólo una neurosis psicopática que nada aporta y que nadie entiende, y con estos elementos poco puede hacer el actor. No basta con unas ojeras profundas, hacen falta buenos momentos, buenos diálogos, más ideas interesantes de puesta en escena. Tampoco la bella y elegante Connie Nielsen tiene muchas oportunidades. Su personaje parece un fantasma sin fuerza, que entra y sale del relato sin criterio. Por eso estoy seguro de que el mérito es sólo de Russell Crowe, y no de Scott, en su memorable papel.

Se puede intentar buscar algo más, pero no lo hay. El relato se agota muy pronto, y después de que Máximo y Cómodo se encuentren por primera vez en la arena (tras otra batalla confusa, sin fuerza ni violencia) todos sabemos cómo va a terminar y estamos deseando que termine, porque no hay nada más que ofrecer. Máximo se une en una conspiración contra Cómodo mientras vuelve a salir a la arena contra un célebre gladiador, al que vence además de a un tigre… Traicionado y obligado a luchar de nuevo en la arena, y aún herido y moribundo…¡vence al emperador, como no podía ser de otra manera! A fin de cuentas, Máximo es una figura mártir, que se sacrifica por todos nosotros. Pues, ¿no es Roma un espejo pasado del actual imperio de Estados Unidos? ¿Y no hay en esos momentos finales una referencia explícita a la grandeza de los imperios? ¿Alguien se cree que pueden pertenecer al pueblo?

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Pero es lo que ocurre cuando un director no comprende absolutamente nada de la historia que quiere contar, y cuando sus pulsiones ultra-conservadoras le empujan a pronunciar un discurso estético y moral nauseabundo. Al menos nos queda el valiente Máximo, su arrojo, su coraje. Su nobleza. Es un pesonaje demasiado perfecto, estamos de acuerdo, pero resulta catártico observar su furia asesina contra un mundo cruel, que castiga a los buenos y premia a los malvados.

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