La tercera temporada de 'La casa del dragón' quiso despedirse por todo lo alto y, tenía todos los ingredientes para hacerlo: dragones, ejércitos enfrentados, ciudades arrasadas y una batalla que llevaba semanas preparándose. Sin embargo, la Batalla de Tumbleton acaba dejándonos una sensación extraña, especialmente si tenemos en cuenta que era uno de los grandes acontecimientos de la temporada.
No es que falte espectáculo, porque la producción vuelve a demostrar que sabe construir enormes secuencias de guerra, sino que falta algo mucho más importante: un motivo para que nos importe quién gana. La serie coloca a sus personajes en medio de una auténtica carnicería y consigue que ambos bandos resulten tan difíciles de defender que la batalla pierde buena parte de la tensión emocional que tradicionalmente ha caracterizado a 'Juego de Tronos' y su universo.
Dejando a un lado la tradición
La Batalla de Tumbleton comparte con la Batalla de la Garganta, que abrió la tercera temporada, una enorme ambición técnica y unas coreografías espectaculares. El problema es que, mientras otras batallas de Poniente conseguían que el espectador encontrara al menos un personaje o un bando para empatizar, aquí ocurre justo lo contrario. Ambos ejércitos dan pie a acciones de una brutalidad difícil de justificar y la serie apenas ofrece un punto de apoyo moral desde el que contemplar todo lo que está sucediendo. El resultado es una batalla impresionante a nivel visual, pero sorprendentemente fría a nivel emocional.
Eso supone una diferencia importante comparado con 'Juego de Tronos'. Ambas series han presentado mundos en los que casi nadie es completamente bueno, pero incluso en los momentos más oscuros solía existir algún personaje capaz de funcionar como ancla para el espectador. En 'Fuego y Sangre', sin embargo, George R.R. Martin plantea la Danza de los Dragones de una forma todavía más descarnada, con dos bandos que terminan destruyéndose entre ellos por la lucha por el poder.
El problema está cuando empieza la batalla. Ormund Hightower utiliza a niños pequeños como escudos humanos en las murallas de Tumbleton, una maniobra cobarde que lo consolida como uno de los villanos más desagradables de esta temporada. Pero cuando Rhaenyra advierte a Daemon de que "el reino está observando", la respuesta del personaje tampoco deja demasiado espacio para la compasión. Su ejército no muestra piedad y la violencia escala rápidamente hasta extremos difíciles de justificar.
A partir de ahí, la batalla entra en una espiral de atrocidades en la que ambos bandos pierden cualquier posibilidad de convertirse en el héroe de la historia. Y eso termina siendo un problema narrativo más importante que cualquier dragón o explosión que aparezca en pantalla. Porque si ninguno de los personajes tiene algo que perder que nos importe especialmente, tampoco tenemos demasiado que ganar como espectadores.
Además, el episodio no aprovecha todo lo que había preparado durante la temporada. Ulf el Blanco pasa buena parte de la batalla borracho y su decisión de enfrentarse a ambos bandos después de sentirse despreciado parece más impulsiva que trascendental. Hugh aparece principalmente para llorar a su esposa, mientras que Daemon y Ormund quedan relegados a combatir hasta que uno muere y el otro abandona el campo de batalla. Y Daeron, uno de los personajes que más prometía después de haber sido presentado durante toda la temporada como una pieza fundamental, apenas tiene oportunidad de desarrollarse.
La gran duda ahora es si la cuarta y última temporada conseguirá corregir esta sensación. 'Fuego y Sangre' cuenta dos batallas diferentes en Tumbleton, por lo que todavía existe la posibilidad de que la serie haya reservado parte de este conflicto para su desenlace. Si es así, 'La casa del dragón' tendrá una última oportunidad para demostrar que todo este caos no era solo espectáculo y que detrás de sus enormes batallas todavía hay una historia capaz de hacernos sentir algo por sus personajes.
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