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Martin Scorsese: 'Historias de Nueva York - Apuntes del natural', el artista y la soledad

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"¿Qué demonios importa lo que yo piense? Es tuyo. Haces arte porque tienes que hacerlo. Porque no tienes opción. No tiene nada que ver con el talento, tiene que ver con no tener opción de no hacerlo. Si te rindes, no tenías que haber pensado en ser artista." - Lionel Dobie (Nick Nolte)

Hacia muchos años que Scorsese estaba obsesionado con la novela corta de Fiodor Dostoievski 'El jugador' (1867), pues le interesaba sobremanera la figura del hombre enamorado servilmente de una mujer que le desprecia. Nunca había llegado esa idea a nada más que algún borrador poco satisfactorio. Cuando Woody Allen le pasó a su productor de entonces, Robert Greenhut, un guión muy divertido pero demasiado corto para hacer de él un largometraje, Greenhut tuvo la idea de una película de episodios, cada uno dirigido por un director importante, y todos ellos bajo el nexo común de la ciudad de Nueva York. En un principio llamó a Scorsese y a Spielberg para acompañar a Allen, pero finalmente Spielberg tuvo que desentenderse del proyecto y Francis Ford Coppola pasó a ocupar su lugar. Scorsese retomó el concepto de la novela de Dostoievski, con más fuerza porque gracias a las memorias de una amante del legendario escritor, averiguó que el propio autor de 'El jugador' había estado enamorado hasta la esclavitud de una mujer mucho más joven que él, que le admiraba y deseaba aprender a escribir.

De tal forma que Scorsese pasó a dirigir el primero de los tres segmentos de la película, titulado 'Apuntes del natural' ('Life Lessons', 1989), posiblemente una de sus películas menos conocidas, y una de las habitualmente consideradas menores en su filmografía, cuando en opinión de quien esto suscribe es una de sus obras más compulsivas, apasionantes y notables. Uno de los relatos más certeros y despiadados no solamente sobre la creación artística, la necesidad del arte como forma de vida o la lucha contínua con el propio material...también acerca de una relación de vampirismo mutuo, de la tensión amorosa maestro/alumna, de la obsesión peligrosa por otra persona, y en definitiva de la soledad absoluta que suele deparar la pasión desmedida. Recién cumplido su sueño de filmar 'La última tentación de Cristo' ('The Last Temptation of Christ', 1988), Scorsese filmaba más libre que nunca, más ensimismado del cine y del dolor de crear que nunca.

La crisis sentimental y creativa de Lionel

Richard Price, que ya había escrito el guión de 'El color del dinero', y que hace algunos años también escribió varios episodios de la excepcional serie 'The Wire' (id, David Simon, 2002-2008), cogió la idea de Scorsese, y elaboró un guión magnífico. En él, un pintor importante pero sumido en una grave crisis creativa y casi de angustia existencial, ve empeorar su situación todavía más cuando su alumna y asistente, que además había sido su amante, y de la que está enamorado hasta la locura, le comenta que no quiere vivir más con él, ya que ha conocido a otro hombre. Sin rendirse, le propone que, pese a todo, se quede en su estudio y promete que su relación (aunque sabemos que no podrá cunplirlo) sólo será platónica. La decisión de ella de quedarse unos días viviendo con él, propicia un relato de gran intensidad sensorial, emocional y psicológica, en el que Scorsese se mueve como pez en el agua, identificado parcialmente con la patética figura de Dobbie, que llegará a suplicar y a humillarse para que ella se quede con él, angustiado además por la cercanía de una exposición a la que teme no llegar a tiempo con todos sus cuadros listos.

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Lionel es, por supuesto, el gran Nick Nolte, que está perfecto como este pintor brillante, a menudo quizá mezquino, pero también entregado a su creatividad y a su alumna/amante. El físico imponente de Nolte, su pelo y su barba abundantes, su voz imponente, colman la pantalla de una vida difícil de describir, de un dolor y una angustia que casi podemos tocar. A su lado, la atractiva Rosanna Arquette, que ya había trabajado con Scorsese en 'After Hours' (1985) hace también un gran trabajo como la alumna caprichosa, inestable emocionalmente, inmadura y a menudo cruel. Ambos rostros, su duelo en pantalla, son la película, y hacen saltar verdaderas chispas y momentos de gran belleza, aunque también otros saturados de sórdida decadencia sentimental, de desamparo, de lacerantes cenizas de lo que una vez fue amor y admiración.

Scorsese narra el tormento de este alter-ego pintor del Dostoievski escritor con una energía pocas veces desplegada no solamente en su filmografía, sino me atrevería a decir en gran parte del mediocre cine norteamericano de los ochenta. Abundando en un montaje percutante y feroz (responsabilidad de la habitual Schoonmaker), en vertiginosos movimientos de cámara, en efectos ópticos tales como el iris o la fragmentación de los espacios, el realizador describe con todo ello, de manera admirable, el tumultuoso y mortificado interior de Dobie. Se acerca y comprende así un poco mejor a su personaje, sin juzgarle ni estar de acuerdo con él plenamente, pero compadeciéndole en cierto modo, manteniéndose a una distancia adecuada desde la que observar, en su condición de cineasta, con honestidad a su atribulada criatura. La puesta en escena como vehículo para acceder, siquiera tangencialmente, al corazón de un hombre imperfecto y de una aprendiz mediocre, dos solitarios doloridos.

La fotografía del tristemente fallecido Néstor Almendros (1930-1992) es esencial en este viaje sensorial, pues con él Scorsese encuentra el cómplice perfecto a la hora de crear la frialdad, la inhumanidad casi, del estudio, en contraste con el colorido intenso del trabajo de Lionel, con su explosión sensorial, interna y externa. También para compartir el punto de vista de Lionel con mayor nitidez, siendo, como es, un pintor obsesionado con mirar todo a su alrededor, con trocearlo imaginativamente, con sublimarlo, con subjetivizarlo. Lo más importante que ocurre en esta película es, sin excepción, lo que uno de los dos personajes mira de forma obsesiva o incluso apasionada. Y así es también en mi secuencia predilecta, aquella en la que Paulette (puede el lector revisarla arriba del todo) observa admirada no solamente el trabajo de Dobie, también la energía y la vehemencia que emplea para ello. Ella jamás será lo que es Lionel, y comprenderlo la hace, extrañamente, libre.

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Conclusión

No creo ser el único que opine que el segmento scorsesiano es muy superior al de sus dos amigos, Allen y Coppola. En lo que respecta al primero, su 'Oedipus Wreck' es simpático pero carece de la densidad del gran cine de Allen. En el caso de Coppola, su 'Vida sin Zoe' es uno de sus trabajos más epidérmicos, aburridos y triviales. Con el magistral, descarnado, 'Apuntes del natural' Scorsese cierra inmejorablemente los ochenta. Su siguiente proyecto se convertirá en uno de sus filmes más importantes y probablemente el más personal, que este año cumple veinte esplendorosos (y engañosos) años. Hablaremos de él en pocos días.

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