Sacar adelante una película es un proceso laborioso que lleva muchos años de trabajo, así que por ello es frecuente que un cineasta pase largo tiempo entre proyectos, sobre todos los que vuelcan todo su interés en uno. Lo raro es capaz de ser productivo hasta el punto de ir a estreno anual, o incluso en ocasiones más raras poder lanzar dos películas en un mismo año.
Steven Spielberg ha sido capaz de ello en el pasado gracias a tener él mismo los medios de un estudio, alternando además diferentes tipos de proyectos. Steven Soderbergh lo logra economizando todo lo posible su proceso de decisión y de producción, especializándose en determinados géneros. Hong Sang-soo también se especializa en cierto tipo de drama íntimo y pequeño que puede elaborar con facilidad.
Resulta hasta sorprendente que alguien como Richard Linklater entre también en esta categoría prolífica, dado el inconformismo que le lleva a hacer obras distintas y una ambición que le lleva a experimentar con la forma (como usar animación con rotoscopio) o el método de producción (rodar una película durante 12 años). Y, sin embargo, tiene varios años donde ha hecho una sesión doble. Este también, ofreciendo además películas muy características y complementarias.
Ambos son biopics, ambos se centran en genios creativos complicados de tratar y ambos se convierten en sus manos en pequeños rincones en los que estar feliz y plácido con una mezcla de nostalgia, pasión y cierto filo crítico. La primera fue ‘Blue Moon’, donde crea una melancólica pieza de cámara mientras ficcionaliza una noche clave en la vida del escritor musical Lorenz Hart. La más reciente, todavía disponible en cines, es ‘Nouvelle Vague’, donde sigue a Jean-Luc Godard y su equipo en el impredecible y laborioso proceso de rodar ‘Al final de la escapada’.
Verlas con relativa proximidad acentúa mucho sus parecidos, así que casi es más pertinente comentar primero las diferencias. ‘Blue Moon’ tiene lugar, como he mencionado, alrededor de una noche en la que colisionan muchas inquietudes y anhelos de Hart. Un punto crítico donde acude a la fiesta del estreno de ‘¡Oklahoma!’ de su antiguo colaborador Richard Rodgers con la esperanza de volver a elaborar algo ambicioso que ponga patas arriba el teatro musical, y también de poder cortejar a una joven musa por la que anhela hasta sus andares.
Pero no es todo voluntad, y en la noche tienen aparición también sus problemas con el alcoholismo así como un casi nada camuflable esnobismo en torno a el musical que esa noche se celebra, que considera de pobre calidad y ruido para las masas. Todo muestra por qué, a pesar de un notable genio, sea imposible trabajar con él. ‘Blue Moon’ se vuelve así una agridulce velada sobre darse de bruces con el hecho de que el momento culminante ya ha pasado.
Es bastante diferente en ese aspecto de lo que se relata en ‘Nouvelle Vague’, con un Godard que está deseando de una vez hacer su primer largometraje porque es el último de la redacción de Cahiers sin dirigirlo. Aupado por mecenas que ven un gran momento nuevo para el cine francés y colaboradores que quieren ver si están ante el siguiente François Truffaut o Claude Chabrol (apoyos creativos para Jean-Luc), las dos semanas de rodaje de ‘Al final de la escapada’ se producen en una increíble mezcla de desconcierto y hasta cierto punto fe ciega (aunque no plena convicción en que haya un destino).
Godard defendía que para poder hacer algo realmente nuevo y diferente en el cine no podía realizarlo con un rodaje convencional. Este debía producirse según se levantase cada mañana, y si no estaba inspirado o en condiciones se acortaba el rodaje o ni se rodaba si era preciso. Esto es clara fuente de frustración para los que ponen el dinero para que “se genere el milagro” y también para unos actores que, o bien están deseando abandonar, o tiran hacia adelante despreocupados. Ya sabemos que el resultado es extraordinario y cambia el cine para siempre, con su creador preparado para volverse una referencia de esta forma de arte, pero en el proceso se agarran muchos a la risa precisamente por no llorar.
Atmósferas espléndidas
Linklater se cuida mucho de romantizar a sus protagonistas y sus tendencias más exasperantes, cuando no directamente tóxicas, aunque sin duda trata de empatizar con ellos por su pura condición de outsiders, de gente que no encaja en dinámicas del sistema. Es su manera para intentar convertir tanto ‘Blue Moon’ como ‘Nouvelle Vague’ en cómodos espacios hasta para el espectador casual no especialmente conocedor de los contextos que se relatan. Mucho del cine del director estadounidense tiene esa condición acogedora, en la que además pueden tener cabida matices contrapuestos y complejos.
El diálogo entre ambas películas resulta interesante, y rara vez el director ha perseguido una complementación tan clara. Incluso aunque hablemos de épocas distintas, entren en juego personajes distintos y hasta se rueden de manera distinta, ambas acaban experimentándose como caras de un mismo disco gracias a su buen cuidado de diálogos y atmósfera para desarrollar un tono ligero y estimulante. Todo distinguidamente Linklater, un autor todavía único en el cine americano que no debería faltarnos nunca.
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