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Mis secuencias mágicas de cine: Robert Mulligan y 'Verano del 42'

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Como ya hiciera con Paul Newman, y tras conocer que el destino ha decidido que Robert Mulligan emprendiese camino al panteón de los artistas, quiero rendirle su homenaje, no en referencia a 'Matar a un ruiseñor', que es una de esas jodidas obras maestras imperecederas que uno no se cansa de ver, y por la que siempre será recordado este director, sino por 'Verano del 42', que fue una película, sin yo esperarlo, que me retuvo en casa y me hizo renunciar a una cita.

Cierto que Mulligan tiene otras películas grandes como 'El otro', 'La noche de los gigantes', o 'El próximo año a la misma hora', y que 'Verano del 42' puede que no sea su mejor película, o no sea tan gran película como algunos consideramos y defendemos, pero, en el fondo, yo me quedo con ese verano en la costa este de Estados Unidos, y el despertar a la madurez de un joven, con todo lo que implica desear a Jennifer O'Neill, en una historia de amor que todo chaval busca tener una vez en su vida.

La grandeza de la secuencia final de la película se justifica con el comienzo y el epílogo de la misma, la voz en off que rememora ese verano del 42 en la costa de Nueva Inglaterra, y que el joven protagonista no será capaz de olvidar.

Son las deudas que muchos contraímos la primera vez que escuchamos y sentimos la banda sonora de Michel Legrand, especialmente en la secuencia final, con el tema principal de la misma, The Summer Knows, cuando el tono de comedia y espíritu alegre, se torna en drama, y el deseo y el consuelo se unen en un instante donde sobran las palabras, transmitiendo todo lo que el espectador necesita ver: un secreto que quedará grabado para siempre en la memoria del joven 'Hermie'.

Es en la manera como rueda Robert Mulligan la lenta transformación de una Jennifer O'Neill rota por un dolor silencioso, que decide que el sonido sea el natural, que no medien palabras ni discursos en las imágenes, y que sólo la música se encargue de terminar de dar la dimensión a las secuencia. No hay nada que decir, pero sí contar, cuidando todo al detalle, como ese tocadiscos cuya aguja sigue moviéndose pese a que el disco con The Summer Knows ya ha terminado. Mimando cada gesto y cada movimiento de Dorothy, incluido el desnudo que la cámara oculta, pero imaginado en la cabeza del espectador. Lo que piensa por su triste mirada, con el consentimiento de Hermie, que lo único que hace es amortiguar la pena de una mujer que no puede remediar comerte un error que marcara la vida de un adolescente.

En la grandeza y en la mano de un artesano como Robert Mulligan, esta secuencia mágica cobra otra dimensión, de las que muchos directores querrían ser capaces de rodar sin dudar y sin caer en el sentimentalismo. En 1971, Robert Mulligan consiguió el reconocimiento de la taquilla y encumbró a una actriz a un papel inolvidable. Aquel verano del 42 lo vivimos muchos cinéfilos años después. El despertar del sueño americano empezaba a salir a la luz, y un director nos dio "el paquete" en un fino envoltorio, hasta el punto de que sus imágenes, junto a los acordes de la música de Michael Legrand, convierten el visionado de una película en algo especial, pese a los años transcurridos, más cercano al sentimiento que a la razón.

Eso a pesar de Atticus Finch. En un rincón de una isla de la costa este de Estados Unidos, cuando unos chavales se topan por primera vez con la mujer de la casa de las afueras, feliz con su marido soldado, que les cambiará la vida.

Más información | El País En blogdecine | Robert Mulligan nos ha dejado

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