Ante una desnaturalización del espacio del cine indie estadounidense, en Canadá están surgiendo nuevas olas de cineastas independientes que saben deconstruir la influencia cinematográfica del país vecino. Voces nuevas, con historias singulares y aún más particulares maneras de contarlas, que no conforman exactamente una escena al carecer de patrones estilísticos comunes.
Pero no cabe duda de que algo se está haciendo bien cuando están surgiendo obras interesantes de manera continuada de allí, y algunas consiguen aclamación suficiente para situarse entre las mejores películas del año. Es el caso de un pequeño título que lleva todo el año sonando en medios americanos y que ahora podemos ver aquí en España como es ‘Blue Heron’.
La chica y la garza
Una de las películas más deslumbrantes de lo que llevamos del año y todo un hallazgo de cine independiente se encuentran en este primer largometraje de Sophy Romvari, que reformula detalles personales para hacer una compleja exploración de la familia y los recuerdos. Con el cine como instrumento para esa exploración, se crea una experiencia asombrosa que debería tener más atención para el discreto estreno que está teniendo.
Sasha es una niña de ocho años que se muda con su familia, procedente de Hungría, a una pequeña isla de Vancouver. Allí esperan tener un comienzo apacible, aunque su búsqueda de la estabilidad familiar se torpedea continuamente por el comportamiento errático de Jeremy, el mayor de los cuatro hermanos ante el cuál los patriarcas ya se quedan sin opciones.
Para los que llevamos bagaje previo de ver exploraciones de psicopatía en la distancia (por ejemplo, ‘Elephant’) puede haber cierta inquietud sobre hacia donde puede descarrillar ‘Blue Heron’. Pero no es eso lo que interesa a Romvari, que despliega las escenas como recuerdos fragmentados y claramente distorsionados por una perspectiva presente que trata de encontrar en el pasado un sentido o una explicación.
‘Blue Heron’: la distancia del recuerdo
Buena parte de la película transcurre en este pasado de la familia que se muda a los suburbios canadienses, y están intentando sostener cierta normalidad en un ambiente que está claramente viciado. Frustraciones ante la incertidumbre del rumbo correcto a tomar están colocadas con discreción para respetar cómo son percibidos por la pequeña chica protagonista, poniendo relieve en ciertas conversaciones con más gravedad que tienen lugar en situaciones ordinarias como ponerse a cocinar la cena.
Romvari se aproxima también a ratos a cierta metaficción en la distancia con sus recuerdos que no es necesariamente explícita, pero que ya marca obras extraordinarias recientes como ‘Aftersun’ o ‘Romería’. Una indecisión entre reconciliarse con el pasado y no evitar pensar en lo que se podría haber hecho bien antes que acaba haciendo de ‘Blue Heron’ un estimulante artefacto cinematográfico y un gran trabajo emocional capaz de desgarrar sin caer en exabruptos melodramáticos. Hay una exquisitez muy lograda y apropiada en cómo capta matices y los deja a disposición del espectador que la hacen uno de los títulos del año.
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