¿De verdad hacía falta otra adaptación de Jane Austen? Esta es una pregunta que surge cada vez que una nueva película se propone revisitar alguna de las obras de la escritora británica. La más reciente ha sido 'Sentido y sensibilidad', y la comparación resulta inevitable, especialmente después de la célebre versión que Ang Lee dirigió en 1995 con Emma Thompson y Kate Winslet al frente del reparto.
Ahora, en 2026, la cineasta Georgia Oakley vuelve a llevar la novela a la gran pantalla con Daisy Edgar-Jones y Esmé Creed-Miles como las hermanas Elinor y Marianne Dashwood, respectivamente, a partir de un guion de Diana Reid. Sin embargo, esta nueva adaptación no pretende competir con su predecesora en romanticismo ni replicar su estilo visual. En lugar de eso, propone una mirada más naturalista, centrada en la relación entre las dos protagonistas y en las dificultades económicas que condicionan sus vidas. Una perspectiva que permite recuperar la historia de Austen desde otro lugar y explorar por qué sus personajes y conflictos siguen conectando con el público actual.
El vínculo entre las hermanas
La historia comienza con la muerte del padre de las Dashwood, un acontecimiento que cambia radicalmente la vida de Elinor y Marianne. La propiedad familiar pasa a manos de su hermanastro, y esto deja a las mujeres en una situación económica delicada y las obliga a trasladarse a una vivienda más modesta. En el universo de Jane Austen, las posibilidades de futuro de las mujeres dependían en gran medida de la ayuda de sus familiares varones o de encontrar un matrimonio que les garantizara estabilidad, y la nueva adaptación refleja esa vulnerabilidad también a través de sus escenarios, que abandonan la elegancia de los salones tradicionales para adentrarse en espacios abiertos, campos descuidados y paisajes marcados por el barro y la intemperie.
Este cambio de ambiente acompaña la manera en que las protagonistas se enfrentan a sus circunstancias. Las hermanas cultivan sus jardines, pasean durante horas, corren por la playa y juegan en los estanques. Elinor encuentra cierta tranquilidad dibujando o lanzando piedras al agua, y Marianne disfruta tumbándose en el campo y contemplando las nubes, mientras la pequeña de las tres se entretiene con los animales de la zona.
De esta manera, la naturaleza se convierte así en un espacio en el que las protagonistas pueden escapar, al menos momentáneamente, de las expectativas sociales y de la incertidumbre que condiciona su futuro. Y al mismo tiempo, el entorno refuerza la sensación de que su vulnerabilidad no es solamente económica, sino también emocional.
Aunque Elinor intenta mantener la compostura y disimular sus sentimientos, Marianne expresa lo que siente con una franqueza que la hace más vulnerable al desamor. Y estas diferencias entre ambas son lo que conforma a uno de los ejes fundamentales de la historia, aunque esta adaptación prefiere mostrar cómo sus experiencias también les permiten entenderse mejor a sí mismas y entre ellas.
La relación entre las hermanas no queda relegada a un segundo plano frente a sus respectivos romances, sino que se convierte en el centro de la película. De hecho, la complicidad entre las actrices -que se conocen y son amigas desde hace años- también ha contribuido a construir ese vínculo. Edgar-Jones explicó que, aunque tenía una idea previa de cómo debía interpretar a Elinor, terminó de comprender al personaje al compartir escenas con Esmé Creed-Miles, su amiga desde hace años. Esa conexión entre las intérpretes refuerza una de las ideas centrales de la película: el papel que desempeña la familia cuando las circunstancias externas parecen escapar al control de sus protagonistas.
Además, la importancia de ese vínculo también ayuda a explicar la vigencia de la novela y las hermanas se convierten en el pilar fundamental del filme, por encima de los vínculos románticos que se establecen. En esta versión, la complicidad entre Elinor y Marianne funciona como un punto de apoyo constante frente a la inseguridad económica y los desengaños amorosos y es realmente emocionante de ver cómo se preocupan la una por la otra.
Por otro lado, la película también propone una nueva interpretación de los personajes masculinos, alejándose de las versiones más reconocibles de la adaptación de Ang Lee. Herbert Nordrum aborda al coronel Brandon desde una perspectiva más torpe y reservada, centrada en las dificultades que encuentra para expresar sus sentimientos, en contraste con la solemnidad que Alan Rickman aportó al personaje en 1995. Y Frank Dillane, por su parte, quiso mostrar las cualidades más amables y entusiastas de John Willoughby, sin ignorar sus decisiones cuestionables. De esta manera, queda demostrado una vez más que los conflictos sentimentales de Austen siguen siendo tremendamente actuales.
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