Si hay una saga que ha convertido el romance en el verdadero motor de una historia, esa es 'Outlander'. La franquicia nunca ha tenido reparos en poner el amor, el deseo y los vínculos entre sus personajes por delante de la política, los conflictos históricos o incluso los viajes en el tiempo. Y precisamente por eso 'Outlander: Sangre de mi sangre' ('Blood of My Blood') funciona tan bien como heredera de la serie original.
Después de que 'Outlander' llegara a su final tras ocho temporadas, su precuela regresa con una segunda entrega que vuelve a apostar por dos historias de amor separadas por siglos, guerras, familias enfrentadas y, por supuesto, unas cuantas piedras mágicas capaces de complicarlo absolutamente todo. La serie sigue a Brian Fraser y Ellen Mackenzie en la Escocia del siglo XVIII y a Henry y Julia Beauchamp en el Londres de la posguerra, dos parejas que parecen condenadas a encontrarse y perderse una y otra vez.
Dos historias de amor separadas
En la temporada 2, 'Outlander: Sangre de mi sangre' retoma las historias de sus dos parejas protagonistas allí donde las dejó la primera temporada. Por un lado están Brian Fraser (Jamie Roy) y Ellen Mackenzie (Harriet Slater), dos amantes pertenecientes a clanes escoceses rivales en el siglo XVIII. Y por otro, Henry (Jeremy Irvine) y Julia Beauchamp (Hermione Corfield), un matrimonio del Londres de la posguerra que acaba viajando en el tiempo hasta las Tierras Altas y entrando de lleno en la historia de Brian y Ellen.
Todo comienza con Brian y Ellen después de haber conseguido escapar antes de que ella tuviera que casarse con Malcolm Grant. Pero su aparente oportunidad para empezar una vida juntos dura poco. El levantamiento jacobita de 1715 está a punto de comenzar y Brian tiene un juramento que cumplir, mientras que Ellen debe regresar con su familia y tratar de recomponer su relación con sus hermanos Colum (Séamus McLean Ross) y Dougal (Sam Retford), que siguen sin aceptar que haya rechazado el matrimonio que ellos habían elegido para ella. Su historia de amor deja así de ser un asunto privado para convertirse también en un problema familiar y político.
Mientras tanto, Henry ha conseguido volver al siglo XX después de llegar a Craigh Na Dun, pero Julia no ha tenido la misma suerte. Ella se queda atrapada en el pasado, en el Castillo Leathers y bajo la vigilancia del cada vez más perturbador Lord Lovat (Tony Curran), que está convencido de que el hijo de Julia es suyo y que además cree estar destinado a convertirse en el futuro rey de Escocia. Henry, por su parte, tiene que enfrentarse a una situación bastante más complicada de explicar en 1924: intentar convencer a los demás de que su esposa ha desaparecido porque ha viajado en el tiempo no parece precisamente la manera más sencilla de que le tomen en serio.
Y aquí vuelve a aparecer uno de los ingredientes principales de 'Outlander': el anhelo. La serie necesita separar constantemente a sus protagonistas para que sus reencuentros tengan sentido y, en esta temporada, encuentra nuevas maneras de hacerlo. Henry consigue rescatar a Julia, solo para que vuelvan a separarse prácticamente de inmediato. Brian y Ellen están a punto de comenzar una vida juntos cuando la guerra vuelve a interponerse entre ellos. Por cada paso que las parejas consiguen dar hacia una vida en común, aparecen obstáculos nuevos. Pero aunque sobre el papel pueda resultar repetitivo, termina funcionando gracias a la química entre los actores y a la forma en que la serie ha construido estos vínculos.
Además, esta segunda temporada introduce cambios suficientes en la situación de ambas parejas como para que sus historias no se limiten a repetir exactamente el mismo conflicto. La relación de Brian y Ellen ya es conocida públicamente y, aunque su familia sigue enfadada, la lealtad de Brian a la causa jacobita y la inteligencia de Ellen para proteger los intereses económicos del clan Mackenzie hacen que la pareja sea tolerada, aunque sea a regañadientes. Julia, mientras tanto, intenta sobrevivir a los caprichos de Lovat y a la llegada de una nueva sirvienta que parece tener sus propios planes. Y Henry busca desesperadamente una forma de regresar junto a su esposa.
Pero lo que hace que 'Sangre de mi sangre' destaque es que nunca pone realmente en duda el amor de sus protagonistas. La serie puede lanzarles guerras, separarles, enfrentarles a sus familias y a viajes temporales, pero nunca plantea si Brian y Ellen o Henry y Julia están destinados a estar juntos. El problema no es el amor: son las circunstancias. Esa convicción permite que los romances sean el centro absoluto de la historia y que las escenas de intimidad, las declaraciones de fidelidad y los reencuentros tengan un peso emocional que va mucho más allá de servir como simple complemento de la trama histórica.
Jamie Roy y Jeremy Irvine tienen momentos destacados, pero son Harriet Slater y Hermione Corfield quienes terminan llevándose buena parte del protagonismo, especialmente Slater, cuya Ellen lucha por conservar su autonomía en un mundo que le ofrece muy pocas posibilidades para decidir sobre su propia vida. Al final, 'Sangre de mi sangre' entiende perfectamente qué hizo especial a 'Outlander' desde el principio. Y lo mantiene en su continuación.
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