He visto 'La bola negra' y no he podido evitar acordarme de Gregorio Prieto, un artista de la Generación del 27 que también compartió una historia con Lorca

He visto 'La bola negra' y no he podido evitar acordarme de Gregorio Prieto, un artista de la Generación del 27 que también compartió una historia con Lorca

La película de los Javis recupera una sensibilidad queer que también estuvo muy presente en la Generación del 27

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Póster de 'La bola negra' y fotografía de Gregorio Prieto
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Belén Prieto

Editora

Algunas películas adquieren una dimensión distinta cuando la historia que cuentan se cruza, aunque sea de manera inesperada, con la historia de uno mismo. Es lo que me ocurre con 'La bola negra', la nueva película de Javier Calvo y Javier Ambrossi, una historia sobre deseo, identidad, represión y memoria histórica -y queer- que atraviesa varias épocas de la historia de España. 

Y quizá por eso a mí me resulta imposible verla sin pensar en Gregorio Prieto, uno de los grandes artistas de la Generación del 27 y una figura fundamental de la cultura de Valdepeñas, mi pueblo, que, pese a su estrecha relación con Federico García Lorca y otros miembros de aquella generación, ha quedado injustamente eclipsado por otros nombres mucho más conocidos. No porque 'La bola negra' cuente su historia -no lo hace- ni porque Los Javis hayan señalado a Prieto como una referencia directa, sino porque algunas de las imágenes, los cuerpos y la forma de representar una homosexualidad vivida con libertad, o no, y deseo evocan inevitablemente a un mundo que Prieto conocía muy bien. 

Un mundo en el que también estuvieron Lorca, Cernuda, Vicente Aleixandre y tantos otros hombres que tuvieron que inventar sus propios códigos para poder quererse cuando hacerlo abiertamente era prácticamente imposible. Y hay algo que me emociona especialmente, que es pensar que la historia que se cuenta de Rafael y Lorca podría haber sido también la de Lorca y Prieto, que compartieron una relación igual de estrecha.

Imaginería y simbología queer

Gregorio Prieto tenía 26 años cuando, en abril de 1924, inauguró su primera exposición individual en Madrid. Había conseguido escapar del futuro que su padre había imaginado para él y se había preparado a escondidas para entrar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Allí conoció a Rosa Chacel y comenzó a relacionarse con el grupo de artistas y escritores que terminaría formando parte de la Generación del 27. En aquella época, Prieto todavía estaba construyendo su propio lenguaje como pintor y artista, pero ya formaba parte de un ambiente cultural extraordinariamente moderno y abierto para la España de los años veinte.

A aquella exposición acudió también un joven Federico García Lorca junto a otros estudiantes de la Residencia de Estudiantes. Lorca quedó fascinado por la pintura de Prieto y quiso que el artista le hiciera un retrato. De hecho, aquella relación terminaría dejando una huella mucho más profunda que un cuadro: porque Prieto y Lorca compartieron amistad, admiración y también un posible affaire, según la documentación recogida por Ian Gibson en sus investigaciones sobre la vida y el mundo homosexual de Lorca, y también algunos dibujos concretos que Prieto hizo de Lorca desnudo. No fueron dos desconocidos que coincidieron fugazmente, sino dos hombres que formaron parte de ese particular círculo de artistas homosexuales que orbitaba alrededor del poeta.

De hecho, la propia historia real tiene algo de película incluso antes de que Los Javis entren en escena. La primera noche que se conocieron, Lorca invitó a Prieto a tomar un té con dulces granadinos en su habitación de la Residencia de Estudiantes. Allí tenía sobre la cama un dibujo de la Virgen de los Siete Dolores y, al darse cuenta de que Prieto no dejaba de mirarlo, se lo regaló. Hoy aquel dibujo se conserva en el Museo Gregorio Prieto de Valdepeñas, el pueblo manchego al que el artista estuvo siempre vinculado y que, para mí, hace que toda esta historia tenga todavía otra capa más.

Retratos de Lorca realizados por Gregorio Prieto

Porque Prieto no fue simplemente el pintor que hizo uno de los retratos más conocidos de Lorca. Su propia obra estuvo atravesada durante décadas por una fascinación por los cuerpos masculinos, los marineros, las estatuas clásicas y una estética cargada de homoerotismo -y que también se reflejan en la película-. Durante su estancia en Roma, entre 1928 y 1932, desarrolló junto a Eduardo Chicharro Briones una serie de fotografías surrealistas en las que él mismo aparecía vestido de marinero, jugando con la belleza, la ambigüedad sexual y la iconografía clásica. En esas imágenes hay algo de celebración y de juego que conecta sorprendentemente bien con algunas de las estampas más libres y sensuales que propone 'La bola negra'.

Y ahí es donde la película de Los Javis y Gregorio Prieto empiezan a encontrarse sin necesidad de que exista una relación directa entre ambos. La bola negra recupera una representación de la homosexualidad que no se limita al sufrimiento, la clandestinidad o la tragedia. También hay deseo, cuerpos, complicidad, humor, belleza y una sensación de comunidad que acaba siendo especialmente poderosa cuando pensamos en la época en la que transcurren algunas de sus historias. Porque el pintor también construyó un imaginario en el que ser un hombre homosexual podía representarse desde la fascinación y el deseo, incluso cuando la sociedad que lo rodeaba obligaba a esconderlo.

Montaje de fotografías de Gregorio Prieto y una secuencia homoerótica de 'La bola negra'

De hecho, la Guerra Civil cambió radicalmente ese mundo. Prieto salió de España en 1936 pensando que estaría fuera apenas unos meses y terminó pasando varios años en Inglaterra. Durante ese tiempo atravesó momentos durísimos, llegó a dormir en bancos de parques y compartió piso con Luis Cernuda. Cuando regresó a España en 1947, ya era otra persona y buena parte de aquella libertad homoerótica que había caracterizado su obra quedó atrás. Y es difícil no pensar en todo lo que se perdió por el camino: no solo vidas como la de Lorca, sino también una forma de entender el deseo y la creación que la guerra y la dictadura se encargaron de silenciar.

Por eso 'La bola negra' puede resultar especialmente emocionante para quienes conocemos, aunque sea de lejos, aquella historia. La película de Los Javis no cuenta la vida de Gregorio Prieto ni adapta su obra -al menos no se refieren a ella directamente-, pero su forma de imaginar una memoria queer española conecta con un mundo que él ayudó a construir y que durante demasiado tiempo quedó escondido detrás de los grandes nombres de la Generación del 27. 

Y para mí hay algo muy especial en que una película como esta nos permita volver a mirar hacia figuras como Prieto, no solo como una nota al pie de la historia de Lorca, sino como un artista con una vida, unos amores y un imaginario propios. Es inevitable imaginar que, en otra película que alguien hubiera rodado hace cien años, la historia de Gregorio y Federico también podría haber sido la misma que vemos en pantalla: la de dos hombres intentando quererse en un país que todavía no sabía cómo mirarles.

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