'Verity: La sombra de un engaño'. Un disparate torpe, grotesco... y rematadamente divertido

'Verity: La sombra de un engaño'. Un disparate torpe, grotesco... y rematadamente divertido

Dakota Johnson, Josh Hartnett y Anne Hathaway protagonizan este thriller pasadísimo de rosca y con espíritu noventero 

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Víctor López G.

Editor

Acostumbrado a ver cantidades ingentes —y, probablemente, poco recomendables— de largometrajes al año buscando productos que se acerquen lo máximo posible a mis estándares de calidad y que satisfagan mis necesidades como espectador, nunca ha dejado de sorprenderme el poder de las películas que, a priori, pueden llegar a "dejar bastante que desear" en términos cinematográficos —nótese el entrecomillado— para hacerme pasar un rato fantástico.

Si estoy tecleando estas líneas es porque hace unas horas pude volver a comprobarlo gracias a 'Verity': una suerte de thriller con puntuales despuntes eróticos que se alinea con la exitosa 'La asistenta' gracias, en primer lugar, a su condición de adaptación de una novela de éxito —en este caso rubricada por Colleen Hoover— y, en segundo lugar, por un espíritu mamarracho y pasado de rosca que, eso sí, está mucho menos depurado que en la obra de Paul Feige. 

Las conclusiones que podamos sacar del visionado de la cinta protagonizada por Dakota Johnson, Josh Hartnett y Anne Hathaway, subtitulada en nuestro país como 'La sombra de un engaño', dependen exclusivamente de lo activado que tengamos nuestro espíritu crítico durante la proyección. En función de este factor, los calificativos pueden oscilar entre el entretenimiento ideal y el descarrilamiento catastrófico. 

A la sombra de 'La asistenta'

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El primer e ideal escenario está marcado por la desconexión voluntaria de buena parte de nuestra actividad neuronal; una decisión que nos permitirá contemplar 128 minutos suspense y cachondeo en clave casi noventera cargado de giros imposibles, interpretaciones pasadísimas de rosca —y, por ello, tremendamente disfrutables— y de risas cómplices con el disparate que acontece en pantalla una vez las cosas comienzan a desmadrarse a partir de su ecuador.

Por el contrario, de optar por ejercer de espectadores activos, la cosa da un giro hacia un reverso mucho menos positivo. Las carcajadas brotan por culpa de una comedia involuntaria que, eso sí, ayuda a endulzar los caprichos de una trama y una progresión dramática en las que la causalidad requerida en todo buen libreto se sustituye por torpes —e inverosímiles— revelaciones epistolares en función de las necesidades puntuales del relato, cargado de lugares comunes y ocurrencias sin pies ni cabeza que sería mejor no cuestionar. 

No obstante, ambas perspectivas pueden trazar líneas paralelas y coincidir al ensalzar unos 90 minutos de estupefacción permanente —una sensación muy de agradecer— que te atrapan y te dejan anclado a la butaca intentando razonar, con una lógica que de poco sirve, cuál será el próximo bandazo argumental, y devanándote los sesos intentando dar sentido al enrevesado juego de engaños y manipulaciones perpetrado por unos personajes que encuentran su gran virtud en su imprevisible falta de coherencia. 

Por desgracia, la especie de cuarto acto —algo que dominan a la perfección en Corea del Sur— con la que cierra 'Verity' hace que el ya de por sí sindiós previo acabe derrumbándose hasta el punto de no poder sostener más una suspensión de la incredulidad bajo mínimos. Un cierre que podría dejar con un sabor de boca de lo más amargo pero que, pensándolo fríamente, no debería embarrar el, a su modo, apetecible y grotesco circo que divierte, como pocos, durante su bloque central.

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